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No nos engañemos. Fue la unidad lo que hizo posible el primer paso hacia la restructuración del país dado el pasado 6 de diciembre. Pero no fue solo, aunque sí necesaria, la concertación de partidos políticos sino la unidad del pueblo la que, por primera vez en 17 años, envió un mensaje claro de necesidad urgente de cambio a los poderosos del país.

La unidad de partidos políticos es siempre circunstancial porque cada grupo tiene su ideología, organización y liderazgo propios, que en esta ocasión han quedado en segundo plano para lograr un objetivo común determinado por una realidad superior: el pueblo.

Cuando un pueblo se une y se crece, queda ante sus pies todo el aparato institucional y partidista. Si el gobierno y los partidos no interpretan la voluntad popular, que en la actualidad exige cambios profundos, se condenan al fracaso, la deslegitimación o la desaparición, como en la historia reciente sucedió con los partidos que llegaron al poder con mucha fuerza y apoyo popular pero le dieron la espalada a sus bases: AD y Copei; lo mismo la democracia representativa como sistema de gobierno.

“El pueblo unido jamás será vencido”, reza una máxima. Pero esta unidad no significa “unicidad” ( tiene que ser de una sola forma)  ni “univocidad” (uno solo tiene la razón). Si bien suele identificarse el vocablo “pueblo” con mayorías pobres y excluidas, ¿no son estas condiciones padecidas tanto por quienes somos pobres, como por la desparecida clase media e inclusive por personas conocidas como acaudaladas? ¿No la padecen por igual cristianos ateos y santeros? ¿Viven realidades distintas el chavista y el opositor?

Puede que unos y otros piensen distinto, e inclusive que haya cierta distancia entre tales grupos sociales, pero los cierto es que hoy pueblo somos todos: la escasez, el bachaqueo, la inseguridad, el desempleo o el subempleo, la inflación, la corrupción y un largo etcétera afecta ya tanto a los (no tan) ricos y pobres, obreros y patronos, estudiantes y profesores. Todos somos víctimas de un sistema político y económico que no genera felicidad sino miseria.

La diferencia entre la MUD y el Psuv es que los primeros basaron su propuesta electoral en aspectos de la vida que nos importan a todos: desabastecimiento, inseguridad, desempleo, inflación, corrupción; mientras los segundos mantienen un discurso sobre realidades cada vez más lejanas (17 años no son tres días): la Cuarta República, el paquete neoliberal de Carlos Andrés, etc. Debemos velar, por el bien de todos, porque la propuesta electoral sea materializada.

Por esta, y no por otra razón, el gobierno fracasó y seguirá desbarrancado, pues se empeña en tildar de derechista, fascista, antipatria, oligárquica y burguesa a la nueva Asamblea que no ganó por una ñinguita sino por paliza con votos de la señora que hace cola, del estudiante, del mecánico, del comerciante, del taxista, del docente, del empelado público.

Antipatria y antipueblo, son los que prefieren negar la realidad para mantener sus privilegios.

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