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Bajo la “pepa de Sol”, el equipo Tricolor hizo horas de cola fuera del estadio para ingresar y empezar a calentar. Sin refrigerio ni guardaespaldas, les robaron sus implementos deportivos y dos de ellos fueron asesinados sin que llegara un guardia del estadio.

Por otra puerta, a bordo de un lujoso buscama escoltado, ingresaba el equipo Estrella Roja, cuyos jugadores, aunque habían nacido en el pueblo Tricolor, lo traicionaron y prefirieron la camisa roja. Elongaron y dieron entrevistas a todos los medios de comunicación, hasta que llegó la hora del partido.

El árbitro principal, un anciano con acento caribeño y gorra oliva con una estrella roja, decidió que los jugadores de Estrella Roja empezarían a la ofensiva. Cuando el primer bateador llegó al home, fue que a Tricolor le permitieron ingresar al estadio y, con azaro, ocuparon sus posiciones en el terreno de juego. No tenían campocorto ni centerfield y además el principal prohibió que fuesen sustituidos “porque no lo notificaron antes”.

En la primera entrada, Estrella Roja, ovacionada por casi todo el estadio, anotó dos carreras, mientras que Tricolor solo pudo fabricar una.

En el segundo inning, el mánager tricolor fue expulsado y sentado entre el público por reclamar que no le permitieron meter sustitutos. Además, a los tricolores la liga les proporcionó bates de plomo, mientras los del equipo rojo, marca “Tío Sam”, eran muy livianos y recubiertos de corcho. En esta entrada los rojos, enratonados por una fiesta con “los sobrinos”, solo pudieron anotar una rayita.

A pesar de todo, en el séptimo inning el partido seguía cerrado. Para darle emoción al juego, el árbitro decretó que cada carrera anotada por los rojos valdría por dos. Tal abuso le granjeó al árbitro el desprecio del público. El cuarto bate y encargado de dirigir el equipo tricolor tras la expulsión del mánager, protestó y fue sacado del estadio por los guardias y encerrado por 13 horas y nueve minutos.

Ante semejante bochorno, el público amenazaba con saquear las taquillas del estadio para recuperar su dinero y largarse. Entonces a la liga se le ocurrió reformar la normativa para que los jugadores pudieran ser sustituidos por el público, pero no por otros jugadores.

Dos chamos que jugaban en ligas menores bajaron y se pusieron el uniforme tricolor. En el octavo episodio, este par se echó el equipo al hombro y empató a tres carreras mientras el público les coreaba: “¡Fuerza y fe!”.

En la alta del noveno, Estrella Roja anotó una carrera y se fue adelante cinco a tres. Los chamos tricolores cambiaron la estrategia. Pidieron a los jugadores agotados que dieran chance a otros espectadores para que los sustituyeran a ver si estos, por estar descansados, daban batazos oportunos. Así hicieron y a palo limpio le dieron la vuelta al marcador hasta que faltando un out, los tricolores ganaban 12 a cinco.

El árbitro auxiliar, uno de bigote y nariz blanca, paró el juego y decidió que había que empezarlo de nuevo porque Tricolor había hecho “trampa y trampo”.

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