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“Aquel a quien los dioses quieren destruir, primero lo vuelven loco”, decían los antiguos griegos.

Esa locura ha llevado a importantes personajes de la historia a perseverar en sus errores sin calcular el destino que sufrirían ellos mismos y quienes les rodeaban. Los griegos llamaban “hybris” a esta incapacidad para autocontrolarse.

Esa ceguera, era considerada por los griegos un castigo que los dioses enviaban a aquellos que pretendían sobrepasar su destino, haciéndole cometer errores que lo llevaran a la perdición y la muerte.

La probable explicación científica de la hybris sea que cuando el cerebro siente el placer (que da el poder, el amor, el alcohol, la comida) puede perder facultades lógicas y no darse cuenta de lo que para los demás es evidente. Como cuando uno se enamora y no ve los defectos de la persona amada y lucha por ella contra el mundo entero.

Peor aún es cuando un líder político padece de hybris. En tiempos recientes, la historia de Hitler es emblemática. Con su discurso vehemente y cargado de odio, conquistó y se ganó la admiración de gran parte de Europa, mientras asesinaba a seis millones de judíos, gitanos y homosexuales. Pero mientras se hacía poderoso, también se acercaba a su perdición y su final, los cuales no era capaz de ver.

Hay ejemplos tropicales más recientes de unos señores que se creían imprescindibles para sus naciones y ya bajaron al lugar de los muertos de forma intempestiva e imprevisible. Pero el pasado es pasado. Un caso más actual y urgente de hybris amenaza con llevarnos a todos por el despeñadero: el caso de Nicolás.

Los políticos hablan de la victoria de la MUD el pasado 6 de diciembre, pero es más que eso. Tal paliza electoral al gobierno no se la dio una tarjeta opositora, sino el descontento y la decepción, no solo de los que históricamente siempre supimos que el modelo socialista solo traería miseria a nuestro pueblo, sino de quienes precisamente llevaron a los padres de la mentira al poder. Y eso le da mayor legitimidad y contundencia al resultado.

Sin embargo, en lugar de reconocer la derrota que le propinó su propio pueblo (que no es lo mismo que aceptar los resultados), Nicolás se empeña en afirmar que ganó la guerra económica, acusa al pueblo de traidor, amenaza con no construir más casas ni entregar más taxis, pide la renuncia de todos sus ministros (en vez de renunciar él) y ya ha sugerido ciertas maniobras para desconocer al Poder Legislativo que se instalará el próximo 5 de enero.

De lo que no se da cuenta Nicolás es que el pueblo entero, independientemente de su preferencia política, no come con tablets, promesas incumplidas de pensiones y casas, empresas privadas expropiadas o sancionadas, medios silenciados, más de 20 planes de seguridad fallidos, dakazos, insultos, manipulación, odio, división, mercales mal abastecidos, legados políticos ni pajaritos que le hablen.

Esperamos que sea hybris y no que esté seguro de que somos idiotas.

 

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