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Cuando de pequeño mi mamá me decía que “la vida es un proceso”, no podía entender la amplitud de este concepto.

Un proceso implica motivos, un inicio, un desarrollo, un final y el origen de un nuevo proceso. Esto mismo explicó Hegel con su concepto de dialéctica: a una tesis se opone una antítesis y de ambas surge la síntesis, que a su vez es una nueva tesis.

Por su parte Heráclito, a quien apodaban “el oscuro”, lo dijo bien claro muchos siglos antes: “Todo fluye”, “no podemos bañarnos dos veces en el mismo río”, pues el fluir del agua, el cambio del curso y del paisaje, hacen que ya no se trate del mismo río, aunque así lo percibamos. Suena absurdo, pero hay algo de verdad en ello.

El pasar del tiempo se hace evidente por los cambios que podemos percibir a nuestro alrededor. Por eso cuando regresamos a un lugar que casi no ha cambiado decimos: “Aquí como que se detuvo el tiempo”. Pero es imposible. Por más que aspiremos la eternidad, es decir, la ausencia de tiempo, los cambios están para recordarnos que la existencia tiene un principio y un final. No así ideas como la libertad y la felicidad, que son aspiraciones constantes del ser humano en cualquier tiempo y lugar.

La sociedad, como multiplicidad de individuos, no escapa a esta realidad. Ninguna cultura o civilización puede permanecer petrificada en el tiempo, mucho menos ser eterna. Hasta los más grandes y sólidos imperios han sucumbido ante los inevitables cambios. Unos para bien, otros para mal y otro tanto para peor.

Pero nada desaparece absolutamente para siempre sino que se transforma. Precisamente la síntesis de los procesos garantiza que inclusive nosotros, pueblerinos de los Valles Altos, tengamos en nuestra cultura elementos de civilizaciones y pueblos tan antiguos como Mesopotamia, Fenicia, Egipto, Grecia, Roma y de los hebreos.

Mucho menos las monarquías, en las que los reyes dictaban la ley a su antojo, son hoy lo que solían ser en la Europa absolutista. Los pocos reyes que quedan están sometidos a la autoridad de los parlamentos.

Ni siquiera las ideologías y los procesos políticos permanecen idénticos: Ayer los socialistas e izquierdistas izaban la bandera de la revolución inspirados en la dialéctica de Hegel, pero hoy hablan del disparate de la “revolución permanente” y son los más conservadores entre los conservadores cuando llegan al poder. Un día elogian al pueblo que los elige y, al siguiente lo llaman desagradecido e ignorante porque, como en Argentina, este se hartó de la pretensión de perpetuar un modelo de Estado mafioso y una economía decadente que ha endeudado hasta la coronilla al país austral en solo una década.

Que la Venezuela de los adecos y copeyanos no fue la misma que la de Pérez Jiménez, es una verdad grande como una basílica. Que la crisis de los años 80 se queda en pañales frente al actual desastre político, social y económico, es una evidencia que solo un tarado, un irresponsable o un enchufado se atreverían a negar.

Todo cambia. También Venezuela. ¿Y tú?

 

 

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