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Si algo caracteriza a la sociedad occidental es la “cultura del cajero automático”. Queremos que los resultados de cuanto hacemos lleguen de forma inmediata, y si esto no sucede pronto desistimos por considerarlo una pérdida de tiempo.

Pensamos que la vida es tan sencilla como meter una tarjeta en una ranura, marcar una clave y tener el efectivo en mano, olvidando que para ello tuvimos que trabajar una quincena completa, con las penas que implica, dejando de divertirnos, madrugando, trabajado horas extras, todo con tal de llegar a la felicidad efímera de ser remunerados por nuestro trabajo.

Frases como “el tiempo es dinero” dirigen nuestras más inadvertidas costumbres: aunque sean cada vez más escasos, los alimentos siguen viniendo procesados; cuando hay dinero en el bolsillo, preferimos la comida que preparan otros; tomamos mototaxis para caminar un par de cuadras en vez de salir más temprano de casa y oxigenar el cerebro en el camino.

Ni hablar de las relaciones interpersonales. Pocos hombres están dispuestos a esperar mucho por la prueba de amor de su amada; la paciencia no es la virtud de las parejas que al primer problema se divorcian. Cuando un niño “viene con problemas”, es más fácil abortarlo y en algunos países los enfermos terminales piden adelantar su muerte. “Si quieres evitar el papeleo fastidioso, pásale lago al policía o al fiscal”, dice el común.

Este inmediatismo o “cajeroautomatismo” genera insatisfacción, pues aunque huyamos de las dificultades, son estas las que constituyen la esencia de la vida. ¿Qué es el éxito sin esfuerzo? ¿Qué clase de meta es esa que no se alcanza sin dificultad? Como dijo alguien: “Las cosas bellas son difíciles”.

Otros han dicho que “no hay gloria sin pena”, ni resurrección sin Viernes Santo. Tampoco habrá una nueva Venezuela si pensamos que votar es una pérdida de tiempo o si seguimos votando por los mismos que nos han engañado tras cada elección y solo han empeorado los problemas.

La decepción del sistema electoral también tiene su fundamento en el inmediatismo. Creemos que el voto es una tarjeta de débito que una vez introducido en la caja dará los resultados que nos urgen, por la falsa creencia de que la democracia se reduce a ese acto. Nada más iluso en un país donde los espacios para expresar el descontento son cada vez menos. El voto debe ser el principal acto de resistencia, aunque no el único. Debe ser ese grito de libertad que retumbe en el resultado final pero también en la propia consciencia de ser responsables de todo este desastre, por lo que hicimos o por lo que dejamos de hacer.

¿Qué les responderemos a nuestros hijos cuando nos pregunten por qué les heredamos los pedazos de un país? ¿Que la señora de la baranda nos robaba y por eso no votamos más? ¿Que las maquinitas estaban puyadas y por eso nos rendimos? ¿Mientras hubo quienes derramaron su sangre por nuestra libertad, nosotros bajaremos los brazos porque una pila de corruptos se empeña en hacernos creer que no tenemos derecho a una mejor Venezuela?

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