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Las crisis son momentos de tensión entre situaciones caducas, problemáticas e insostenibles, y la necesidad de un cambio.

Los cambios no se imponen, ni mucho menos se decretan. Por más que en su libertad el ser humano luche por cambiar el curso de la historia, existen secuelas de procesos pasados que siguen subyacentes y se reeditan, demostrando la verdadera naturaleza humana y social.

Desde hace casi un par de décadas América Latina emprendió un prometedor giro hacia la izquierda. El ascenso al poder de Chávez, Kirchner, Evo, Lula, Bachelet, Tabaré, Humala, Lugo, Correa y Ortega, cada uno en contextos y con retos particulares, tenía en común el anhelo de la segunda independencia o independencia definitiva de Nuestra América respecto al poder económico (neoliberalismo) e influencia política de los Estados Unidos (la doctrina Monroe aplicada por Roosevelt), así como la lucha contra la corrupción galopante.PicsArt_09-11-12.17.59

En Venezuela, tal discurso encontró tierra abonada en una situación de desesperanza popular que veía exactamente igual votar por adecos o copeyanos, quienes se repartían la torta y solo dejaban migajas al pueblo que esperaba hambriento en la a un lado de la mesa. Alternativas como la Causa R o el MAS también obtenían su pedazo del pastel de guanábana.

En el contexto de una sociedad pobre, alza en precios de alimentos e impuestos, un escándalo de corrupción presidencial, la ranchización del país, la promesa de freír en aceite a los corruptos y quitarse el nombre si en su gobierno quedaba un solo niño en la calle no podía generar otro resultado (o tal vez sí) que la llegada de Chávez a Miraflores.

Altos precios del petróleo, metales y minerales permitieron a los gobiernos populares de izquierdas moderada y radical de Latinoamérica, empezar “con pie derecho”. La “inversión social”, tan supuestamente descuidada por los antecesores, no se hizo esperar: programas de vivienda y salud primaria, masificación de alfabetización y la escolaridad, subvenciones a los grupos más vulnerables (ancianos, madres del barrio), el cooperativismo y desarrollo endógeno, todo con la finalidad de saldar las deudas históricas de las naciones con sus sectores desposeídos y excluidos del poder.

Chávez inició tal proceso de cambio sobre la promesa de respetar la propiedad e incentivar la inversión industrial porque, según él mismo confesó, no era comunista. No solo mintió, sino que se desvió de su proyecto original, más enmarcado en la socialdemocracia, virando hacia una estatización del aparato económico a través de la expropiación de los medios de producción (socialismo soviético puro), contra la corriente de una economía capitalista globalizada de cuya dinámica, nos guste o no, es imposible salir.

Ahora muchos revolucionarios cansados de la escasez, el bajo poder adquisitivo, la inseguridad y la corrupción, acusan a Maduro por tal desastre. Pero un país no se hace pedazos tan rápido, y las crisis, aunque se pueden manifestar de un día para otro, son de lenta cocción. La escasez de tantos productos básicos que hoy padecemos tiene su primera causa en la expropiación de empresas productivas (iniciada por Chávez) cuyos nuevos amos llevaron a la quiebra, realidad que solo se pudo disfrazar con importaciones estatales de Brasil, Argentina y China, en la medida en que el precio del petróleo lo permitió. Hoy, con esos precios “de subsuelo”, la revolución enfrenta las mismas dificultades que sus antecesores de la “derecha apátrida”. Los demás gobiernos de izquierda, igual dependientes del petróleo, metales y minerales, han recurrido a devaluaciones, recortes presupuestarios, despidos en el sector público y nuevos impuestos.

Hoy se hace evidente que aquella copiosa inversión social en realidad solo fue un gasto electoralista de la renta petrominera ¿Qué queda de ella? No hay producción endógena, los estados están centralizados y han convertido al subcontinente en el patio trasero de China. Hay escándalos de corrupción en Argentina, Brasil, Chile y Nicaragua, mientras en Venezuela es un secreto a voces.

En el caso de nuestro país, cada vez que el petróleo baja de precio, se vuelve a manifestar una crisis irresuelta, la misma de la Cuarta República: un pueblo mendigo ignorante del pasado y una falsa democracia en la que los problemas se reciclan y no se solucionan.

No hubo revolución. Solo un chorro de petróleo del que ahora solo quedan gotas a muy bajo precio.

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