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Tomé el bus en la Av. Juan León Mera para ir al CC Jardín, donde una cadena de librerías busca personal, para entregar el currículo número nueve o diez que en tres días, para ese entonces, llevaba buscando empleo en mi nueva ciudad de residencia: Quito.

Por primera vez desde que llegué sentí calor. El pegoste de sudor en mi frente no se hizo esperar, y con él el desánimo, pues el mismo sofoco podía estar sintiendo en Bejuma o Montalbán, pero sin la incertidumbre de qué me encontraría en el camino.

Cuando te vas de tu tierra te subes a una montaña rusa emocional: tienes el pecho hinchado de ganas de echarle pichón pero el mínimo símbolo y, olor, sabor, o en este caso temperatura, te hacen descender al abismo, cuestionar tu decisión y ver todo nublado en cuestión de segundos.

Al tomar la Av. Amazonas, una de las más concurridas de la ciudad, en la primera parada se subieron dos chamos que, guitarra y flauta en mano, interpretaron varias canciones, entre ellas una de La Mosca Tze Tze, con tanto o más talento que Los Cadillacs o Chino & Nacho. Eran echamos, o sea venezolanos, lo supe desde que abordaron la unidad aún cuando sin proferir palabra, afinaban su guitarra. Ni bien habían cantado el primer coro, ya en mi garganta se formó un nudo, mis ojos se humedecieron y tuve que mirar la ventanilla hasta recobrar la calma. Orgullo, tristeza, alegría, rabia, compasión y esperanza, atacaron mi alma a la vez.

El día anterior vi a un charlero venezolano vendiendo chocolates en un bus, pero estos chamos eran distintos, pues vi en ellos a esa generación talentosa a la que un proyecto político robó su futuro, o al menos eso parece, porque donde haya venezolanos como este par que con amabilidad verdadera, palabras y gestos reconfortantes, ofrezca su talento aunque sea por unos centavos, hay también na Venezuela distinta, aunque sea a miles de kilómetros de la Tierra de Gracia.

Luego de tres piezas, los muchachos no terminaban aún de pedir aplausos cuando ya los pasajeros chocaban sus palmas y buscaban monedas en sus bolsillos. Saqué un dólar (aún con el recuerdo fresco de lo que me había costado cada moneda en Venezuela) y les dije: “Suerte, mis panas”. El chamo sonrió con un gesto de cercanía y a la vez de asombro. Se bajaron del bus, cruzaron la avenida y tomaron otra unidad, para ofrecer un espectáculo de calidad.  Eso está haciendo nuestra juventud.

El mismo día no tuve el valor ni el tiempo de escribir la respecto. Solo pude hacerlo el día después, luego de entregar unos cuantos currículos, de hacer un par de diligencias, sentado en una placita, a unos 12 grados de temperatura, sentado en la misma avenida, pero más hacia el Sur. Tomé la foto cuando empecé a escribir, pero al terminar, una hora y media después, ya es de noche, la gente pasa regresando de su trabajo, mientras yo adjunto la imagen para luego buscar a mi esposa, mi compañera de vida y de aventuras, que afortunadamente ya tiene empleo cerca de aquí.IMG_20150618_181039

 

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