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Es la pregunta que muchos se están haciendo y otro tanto ya ha respondido. El tema de la emigración está en boga, todo el mundo presenta sus argumentos a favor o en contra, pero en realidad, como con la mayoría de nuestros problemas, la postura no suele ser crítica sino prefabricada: “Yo me quedo para luchar”, “Yo me voy buscando un mejor futuro”, “Los que se van son unos traidores”, “Los que se quieren quedar son unos pendejos”, etc.

En realidad sobre este tema muy poco se puede discutir porque, a fin de cuenta, cuando alguien emigra es su problema y el de nadie más. Y esto es así porque aunque existan mil razones para irse o quedarse son en realidad los motivos los que nos impulsan a actuar o no.

Distingamos que “razones” son argumentos lógicos, deducciones o inducciones, que no siempre tienen que ser motivos, o sea, lo suficientemente poderosas como para hacernos tomar una decisión. De hecho las pasiones, el afecto, los sentimientos, suelen tener más peso a la hora de actuar y por eso con frecuencia nuestros actos no se adecúan a lo que “razonamos”. Quizás porque esa racionalidad ha sido aprendida, impuesta por el entorno y por las instituciones entre las que destacan los partidos y liderazgos políticos.

Uno puede tener mil razones para quedarse o irse del país, pero un solo motivo bastará para tomar la decisión.

Y es aquí cuando hay que distinguir entre qué es una razón y qué es un motivo. No por nada los psicólogos hablan tanto de la motivación, que no es otra cosa que lo que nos impulsa a hacer algo. ¿Qué nos impulsa más que el hambre, la seguridad personal, el vestido, el calzado y tener dinero para cubrir las necesidades básicas? ¿Pero no nos motiva también estar con nuestros seres queridos, amigos, compañeros de trabajo, entorno, y costumbres? Como ven, todas son motivaciones sea para irse, en el caso de la primera pregunta, como para quedarse, en el caso de la segunda. De modo que nunca encontraremos una verdad universal al respecto porque quedarse o irse dependerá de la circunstancia de cada quién, porque inclusive los padres crían a sus hijos de tal forma que configuran las motivaciones en cada uno de ellos.

No es un problema moral, no es bueno ni malo el que se queda. Es más bien un problema estético, de sentirse bien o mal, de ser feliz. Porque nadie podrá hacer “razonar” a un joven profesional que en Venezuela gana menos que un buhonero, como tampoco se podrá “hacer entrar en razón” a alguien que teniendo suficientes medios económicos pero afectado por la inseguridad, prefiera quedarse con sus viejos, echarle pichón a su negocio, lo que falsamente racionaliza como “luchar por el país”.

Sería además irresponsable, para el caso de quienes tienen hijos, escudarse en esa supuesta lucha, cuya ficción ya explicaremos, cuando el deber primerísimo de cualquier individuo es su propia conservación y la de los suyos, su familia, y solo después la de su comunidad, la de su estado, la de su país y la de la humanidad. Solo un loco, o alguien que ya tiene cubiertas todas sus necesidades puede superponer tan elevados ideales a las penurias de hacer cola para comprar alimentos, encerrarse para que no lo maten, reunir dos sueldos mínimos para comprar zapatos, etc.

Y aquí pasamos a otro detestable tópico. Nos hemos comido el cuento de que somos hijos de libertadores, próceres de la independencia, descendientes de bravíos aborígenes, etc. cuando en realidad los procesos sociopolíticos son liderados por élites de derecha o de izquierda, pero al fin élites, que mueven los hilos de la historia. “Quedarse a luchar” es una falacia, al menos que lo diga un guerrillero (armado) o un gobernante, en cuyo caso habría que dudar sobre si se queda a “luchar”, a “robar” o a “mentir”, entre los que se incluye esta nueva casta de opositores que se pretenden distintos a la Cuarta República. Otros dicen que votar incansablemente hasta tres veces por año es luchar por la democracia, cuando sabemos que en este país los comicios solo sirven para legitimar poderes de facto que igual no necesitan de esa expresión democrática para mantenerse en el poder. Crasa estupidez.

Por eso el que se va no debe argumentar nada, simplemente se quiere ir porque no se siente bien aquí, y punto. Y el que se queda, no lo hace por luchar, lo hace porque no quiere o porque no se siente lo suficientemente mal para irse, y punto. No es cuestión de patriotas y apátridas sino de posibilidades y quereres.

¿Prueba de todo esto? Opositores que detestan la Quinta República “prefieren” quedarse mientras chavistas de toda la vida están haciendo maletas ¿Razones? No hay, las razones y los discursos políticos mueren cuando los intereses y el bienestar personales están en riesgo. Entonces emerge el verdadero ser humano, el individual, el de los motivos y no de las razones, inmerso en sus circunstancias luchando por escapar y diferenciarse de la masa sea para irse o para quedarse. El hombre concreto decidiendo y apropiándose de su destino. En ambos casos la heroicidad está en reconocer las posibilidades y en tomar decisiones aunque cuesten.

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