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Parece que no existe en el Gobierno de Nacional venezolano un solo vocero capaz de dar un discurso que no empiece por los “dos minutos de odio”.

Esta expresión viene de la novela de George Orwell “1984”, cuya trama se desenvuelve en la ahogada cotidianidad de los individuos constreñidos por un Estado totalitario, donde los miembros del partido de gobierno estaban obligados a asistir diariamente a los “dos minutos de odio” durante los cuales proyectaban en una pantalla subliminales vídeos para inculpar a un tal Goldstein, que nadie sabía dónde estaba y ni siquiera si estaba vivo, por todas las calamidades sufridas por Oceanía (así se llama el país), sin mostrar prueba alguna de ello. Durante los dos minutos de odio se exacerbaba este sentimiento en la audiencia hacia ese “traidor”, entre otros descalificativos utilizados para el chivo expiatorio, se le gritaban improperios a la pantalla, se le arrojaban objetos y hasta se le escupía a la pantalla. Es probable que la mayoría llegare a convencerse de la maldad de Goldstein, pero uno que otro simulaba actuar como la masa solo para no ser sospechoso de “ideadelitos”, esto es, de tener su propio pensamiento.

Tras la excitación del odio, venía una especie de discurso que justificaba el triunfo de la revolución y sobre todo que exaltaba la figura del Gran Hermano (el líder) como protector de la nación. Entonces, mientras mostraban estadísticas vacías que uno que otro crítico (dentro del partido) sabía que estaban maquilladas, venía la sensación de alivio.

Por otra parte Oceanía se mantenía en constante guerra, y cuando pactaba la paz con alguno, empezaba el conflicto con el otro, todo para mantener siempre el odio, contra algo o alguien, encendido.

Aunque no fue testigo de la revolución bolivariana, pues Orwell fue un periodista y escritor británico que murió en 1950, fue capaz de dibujar la manipulación propagandística propia de la patria de Bolívar en este tiempo y de los risibles eufemismos que utilizan: “Ministerio del Amor” (encargado de la guerra y de las prisiones), “Ministerio de la Abundancia” (del comercio, que en la práctica tenía todos los rubros regulados por precio y cantidad mensual por persona), etc. Como también llamaban “evaporación” a la misteriosa desaparición de todos los que eran acusados por “ideadelitos”.

Por otra parte, el Gran Hermano era una especie de mito, pues nadie lo veía, pero era capaz de controlarlo todo a través de las transmisiones de videos, discursos e himnos en las telepantallas, a través de las cuales también vigilaban a todos los ciudadanos, dentro y fuera de sus hogares.

Lo cierto es que estas estrategias discursivas lamentablemente encuentran tierra fértil en mentes débiles y por eso gobiernos de caricatura llegan a convertirse en pesadillas o en comedias.

Sí en comedias. Por eso no paré de reír durante la Memoria y Cuenta de Maduro. El grupo de partisanos (entre los que se encuentran los diputados) que acompaña al jefe de Estado para arengar, aplaudir, abuchear, silvar, agitar los puños, no faltó a la Asamblea Nacional. Tampoco el vídeo revelando el audio de dos tipos conversando (o más bien leyendo un libreto) por teléfono sobre “la salida”, esa palabra no podía faltar, para luego mostrar la imagen de Leopoldo López cual Goldstein y así, inconscientemente, la masa irreflexiva lo asocie a supuestos planes conspirativos dirigidos por el opositor desde una prisión militar de alta seguridad, pequeño detalle.

Resulta, según tal mamarrachada, que el que está preso en una cárcel controlada por la Fuerza Armada Bolivariana, mandó estudiantes e hijitos de papá y mamá a hacer cola y generar caos. Solo escribirlo me da risas.

Claro, es más fácil desviar la atención hacia alguien que hace mucho no anda en la calle, que revelar los nombres de los funcionarios de gobierno que saquearon los dólares durante 15 años, los mismos que nos han obligado a vivir esta crisis económica. Es más aliviado culpar a un mayorista por acaparamiento que reconocer que en Venezuela hace mucho no producimos nada, y que gran cantidad de empresarios han cerrado o quebrado por los excesos de regulación o porque los han expropiado. Es menos embarazoso para el señor de bigote culpar a la oposición, al imperio, o cualquier agente externo, que investigar y encarcelar a los corruptos de su gobierno.

Si solo el gobierno puede dar dólares para importar comida y alimentos y por ende sabe a quién se los da ¿por qué hay tanta escasez? ¿Por qué con todo el contrabando incautado en la frontera no se ha resuelto el problema de abastecimiento? ¿Será porque sencillamente esas no son las causas sino síntomas del problema?

Es mejor esperar que Dios provea los dólares, porque así mañana podremos culparlo cuando lo crisis empeore, que lo hará. Dos minutos de odio al día serán la fórmula ideal para que sigan en el poder los que durante 15 años se han dedicado a sembrar la división en las familias, llamando “ideadelito” a lo que solo es derecho a pensar distinto. Es más fácil generar odio a fuerza de engaño que construir confianza a través de la verdad.

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