Home

Hablamos del fanatismo como si se tratara de una inofensiva preferencia por algo, cuando en realidad es una enfermedad del alma que afecta a la persona entera y cuya expresión más terrible es el terrorismo.

Y no es lo mismo ser fanático que aficionado. Lo primero es, según la Real Academia de la Lengua, una “Tenaz preocupación, apasionamiento del fanático”, mientras lo segundo solo es una “Inclinación, amor por alguien o algo”.

Vemos que en ambos casos la pasión, el afecto están presentes. Pero no es lo mismo ser aficionado al mejor equipo de béisbol en Venezuela, los Navegantes del Magallanes, que ser un fanático capaz de agredir física a o verbalmente a un caraquista.

La principal causa del fanatismo, hoy tan lamentablemente extendido a tantos ámbitos de la vida como la religión, la política y el deporte, es la incapacidad del individuo para ponerse en los zapatos del otro, o como dice el escritor israelí Amos Oz, la incapacidad de “pensarse como otro”.

El problema de la mayoría es que asume la inclinación a hacia determinado líder o partido político, nación, religión o creencia, desde una superioridad moral que anula la posibilidad de que el otro tenga la razón. Pero esto hasta puede ser una contradicción. Si un musulmán, en su fanatismo (islamismo) se convierte en terrorista y mata a otros que piensan distinto, ¿en el fondo no está asumiendo que la creencia del otro es una amenaza para la suya y por ende es probable que es el otro quien está en la verdad?

Pero no es solo la incapacidad de “pensarse como otro” la causa del fanatismo. Lo es también la ignorancia. Y no me refiero a la ignorancia positiva, a la falta de conocimiento de determinados datos. Más bien tiene que ver con lo que dijo un pensador: “Ignorante no es quien no sabe, sino quien no quiere aprender”.

Esta frase es muy pertinente sobre los efectos que ha producido el fanatismo político, característico de los regímenes totalitarios y personalistas, en Venezuela. Que hoy alguien me invite a “estudiar” las verdaderas causas de la escasez y las colas, que según él, están en el obcecado empeño de dominación de Estados Unidos sobre Venezuela, es sencillamente una muestra de laboratorio de la capacidad que tiene el fanatismo sobre las masas. Más aún cuando la razón (¿?) es que “Los gringos quieren dañar a los demás para ellos quedar bien. Si alguien entiende tal barbaridad, que me lo explique.

Y hablo sobre los efectos del fanatismo en las masas y no sobre los individuos, porque asumir tal versión sobre esa causa de la crisis económica actual no es más que una versión inventada por medios oficiales que no pueden mostrar una sola prueba de que ello sea cierto, pero la utilizan para desviar la atención del fracaso del socialismo para generar bienestar o de la incapacidad del gobierno parta resolver asuntos tan vitales como el abastecimiento de alimentos.

Pero individuos ignorantes necesitan aferrarse a la pertenencia a algo (partido, ideología, relato oficial), lo cual es más fácil que dudar constantemente de todo, que andar en búsqueda perenne de la verdad y sobre todo que dudar de las propias creencias, que al final no son nuestras sino infundidas por la sociedad o por un líder que no es eterno nada y que también pudo haberse equivocado en el proyecto de sociedad que se imaginó y que por cierto no se ha realizado.

En fin, el fanático es alguien que se niega a ser él mismo, que prefiere negar las evidencias que tiene en sus narices y prefiere creer (y ofender y matar, si es necesario) con tal de defender una idea que al final del día es ajena a su realidad más próxima.

Por eso la política y la religión, esferas de la vida tan necesarias pero a la vez tan utópicas porque se basan en creencias más que en hechos concretos, son los caldos de cultivo perfectos para esos inseguros seres que creen poseer la verdad en las manos.

Por eso en los gobiernos fanáticos abundan des-calificativos como “traidores, apátridas, gusanos, escorias, escuálidos, majunches” y pare usted de contar, aunque en el núcleo conceptual de la democracia se encuentre el pluralismo de pensamiento, incompatible con el fanatismo, aunque haya elecciones.

Por eso varios gobiernos totalitarios, para que no se les cayeran las máscaras de demócratas, salieron a “rechazar el terrorismo” perpetrado contra Charlie Hebdo, pero no dijeron una sola palabra sobre la libertad de pensamiento y de prensa que tanta urticaria les causa.

¿Se justifica que mates a alguien por satirizar tu creencia? ¿Así de mal estamos? ¿Se justifica silenciar a un caricaturista por burlarse del presidente (que supuestamente es obrero y mortal como cualquiera) o por ilustrar una verdad incómodo? ¿Así de malhumorados somos? En todo caso creo que la respuesta a lo que consideremos una agresión debe ser proporcional, de lo contrario actuaremos como fanáticos, y por qué no, como terroristas.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s