Home

Celebramos el fin de un año y la llegada de otro como si tales períodos fuesen personas animadas dotadas de existencia propia, capaces de atrapar un puñado de acontecimientos.

Esperamos que el 2014 se guarde para sí todo lo malo, lo amarre bien y se lo niegue al 2015 pero que comparta con este “las cosas buenas”.

Deseamos que el próximo año empiece de cero y se vea obligado a atrapar sus propios acontecimientos.

Creemos que un día es distinto al otro, una semana diferente a la siguiente, y así asumimos que el 2015 será mejor que el año que termina, que las calamidades quedarán sepultadas en el 2014, “porque el año morirá” y “nacerá” uno nuevo.

Pero no son más que ilusiones. Los períodos no cambian nada. Decretar que un año termina y otro empieza nada tiene que ver con el devenir de las cosas, que tienen sus propios momentos. El primero de enero todo será igual, o apenas diferente al 31 de diciembre.

Creer que el próximo año todo será mejor es una vana esperanza. Pensar que todo se arreglará es una actitud de niños. Cuando mucho podemos proyectarnos metas personales, entre las cuales, eso sí, pueden estar actuar contra la corriente, tener una actitud más reflexiva ante las circunstancias, pero con una necesaria dosis de realismo para no decepcionarnos de los demás ni de nosotros mismos cuando el 31 del año que viene veamos que muy poco cambió.

Hipnotizados por el dios “tiempo”, ese mago de la apariencia, vivimos engañados creyendo que los períodos cambiarán las cosas. Nos angustia que “la vida pase” y que llegue la muerte, nacemos, crecemos, nos reproducimos, envejecemos, enfermamos y morimos, adaptándonos siempre, arrojando parte de nosotros al pasado y queriendo que el futuro nos salve. Pero en esencia todo permanece intacto: la miseria y la nobleza, el amor y el odio, el placer y el sufrimiento, el vicio y la virtud. Nadie tiene “tiempo” para pensar en esto.

Por eso, mientras la ignorancia y el egoísmo sean temas para los que no tenemos “tiempo”, no podremos ponerles fin.

Un año termina y otro empieza solo para quienes miran el reloj y el calendario. El tiempo del espíritu es otro y no se rige por segundos ni minutos ni días sino que se despliega en los sentimientos, los afectos y pensamientos, en ellos transcurre.

Nada pasa realmente en el ínterin entre las 11:59:59 y las 12:00:00, excepto que una aguja se mueve, un reloj cambia su hora y unos autómatas lanzan artificios creyendo que algo extraordinario pasó.

El tiempo nos pone trampas, que no son otras que los períodos: las noches nos duermen y los días nos hacen pensar que todo será mejor. El día nos cansa y la noche nos repone. Familias se acercan para comer hallacas y el resto del año ni se miran, diciembre trae el dinero que igual gastaremos.

Ires y venires, vanos ajetreos, estúpidas complicaciones, convenios sociales tontos. Por eso solo quien trasciende la carrera del calendario logra amar (y odiar) de verdad y lo que realmente vale la pena. Para el espíritu no hay períodos.

                Cuando esto se logra, el gozo de compartir con alguien especial se hace eterno; la amistad perdura en el tiempo; el placer de leer un poema, ver una pintura o escuchar una canción vibra por siempre en el alma; una oración nos conecta; los libros nos absorben.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s