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Jesús no pudo ser más elocuente respecto a lo que siglos más tarde Immanuel Kant llamó “imperativo categórico”.

La consecuencia directa de la máxima “Obra sólo de forma que puedas desear que la máxima de tu acción se convierta en una ley universal”, del filósofo alemán, no es otra que “Con la misma vara que midas, serás medido” (Mt 7,2). No hay que ser siquiera creyente para asumir este imperativo.

Y es que no puede ser de otra forma. La moral es un búmeran. En el momento en que decidimos actuar de tal o cual forma, a la vez estamos asumiendo, aún sin ser conscientes de ello, las consecuencias de nuestras decisiones. La principal de las consecuencias es la universalización de nuestras motivaciones. Esto es que convertimos los valores que nos impulsan a actuar en una ley válida para todo el mundo, y es ahí donde vuelve el búmeran sobre nosotros. Es inevitable y apenas lograremos esquivarlo pocas veces hasta que nos alcance.

 A raíz del artículo anterior algunos lectores me interpelaron sobre este aspecto de la moral kantiana que es, en mi opinión, imperativa (necesaria o ineludible), y además experimentable en la vida cotidiana, en la existencia que puede considerarse más miserable.

Lo delicado de este asunto implica en los “kilos” de reflexión que le metamos a cada situación de la vida, todas, por demás, morales. Porque en el momento en que damos dinero a un hijo (niño) para que compre juegos pirotécnicos se abre una caja de Pandora, un abanico de posibles consecuencias de las que seremos directamente responsables, algunas beneficiosas y otras no (sin entrar aún el plano del bien y del mal) que nos expondrán ante nuevas situaciones ante las que, a su vez, tendremos que tomar decisiones igual de morales que la de comprarle un tumba rancho a un carajito.

Permitir que un hijo juegue con pirotécnicos es enseñarle que molestar a los vecinos es bueno, lo mismo que atormentar a los perros; es también enseñarlo a gastar dinero innecesariamente a que prefiera “diversiones” estúpidas ante que las constructivas. Es inculcarle que puede hacer ruido sin importar si alrededor hay algún enfermo del corazón, o un anciano para el cual sobresaltarse con las explosiones puede ser fatal. Inclusive los mismos “angelitos” pueden salir perjudicados con tales juegos. Más de un ha perdido dedos y hasta brazos completos explotando tales artefactos.

Es además animarlo a que haga caso omiso de las leyes, las cuales, por cierto, están hechas para garantizar que la gente no haga lo que no le gusta que le hagan a ella.

En fin, en última instancia estamos preparando a ese pequeño a actuar de forma antisocial, porque romper la tranquilidad de un vecindario es simple y llanamente malo.

Testigos fidedignos de la veracidad del imperativo categórico son todas esas personas que andan por la calle comiendo flecha, ocupando aceras, estafando, robando y matando. Todos ellos son quienes más se enfurecen cuando pasan de verdugos a víctimas, cuando padecen los males que tanto les encanta infligir a la sociedad.

Peor aún, en los niños el aprendizaje inconsciente tiene una gran preponderancia. Cuando se les permite explotar un mata suegra, también les estamos dando luz verde para escuchar música a todo volumen, para invadir un terreno e inclusive para robar y matar. ¿Es exagerado? Quizás en muchos casos, pero más de un malandro empezó así, con padres alcahuetes. El inconsciente del niño no discrimina aún entre lo bueno y lo malo, no aplica distinciones morales y tiende a actuar por instintos de autoconservación y beneficio propio.

Por eso la educación moral no debe basarse tanto en carteleras de foamy más costosas que el sueldo de un docente, ni siquiera en la enseñanza de valores ñoños. Primero hay que enseñar a los niños a reflexionar si les gustaría que les hicieran lo que ellos estiman como bueno: golpear a un compañero, desobedecer a la maestra, formarles berrinches a sus padres, no prestarle los juguetes a sus hermanitos, etc. Solo con una educación moral “autónoma” basada en la capacidad de prever consecuencias, se podrán lograr cambios en este país de malandros acabatrapos, a quienes la educación heterónoma, repetitiva y sermonera no logró inculcar que “Con  la vara que miden, serán medidos”. Lo del cielo y el infierno le toca a Dios.

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