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Por razones de salud mental, hace mucho tiempo he querido, infructuosamente, alejar los problemas del país de esta espacio. Ávidos de líneas densas y edificantes, algunos lectores me han recomendado volver a temáticas menos terrenales, lo cual he considerado necesario pero al mismo tiempo imposible, mientras sienta que es un deber.

Hacernos los locos frente a la barbarie por la que atraviesa este país, cuya expresión política y económica es solo la punta del iceberg, es negar nuestra esencia misma de sujetos inmersos en una serie de circunstancias ineludibles que condicionan gran parte de lo que somos y sobre todo de lo que decidimos y hacemos. Además, ignorar los problemas que igual se padecen es con frecuencia un síntoma de alienación, cuando no de complicidad vergonzosa con lo que sabemos que está mal. Es además inmoral, porque apartar la mirada y la consciencia de lo que nos rodea es “dejar de ser”, es escapar de la realidad y sobre todo negar la realidad “del otro”.

En este sentido el perspectivismo existencial del filósofo español José Ortega y Gasset (es una sola persona) es elocuente: “Yo soy yo y mi circunstancia”. Un sujeto que se autodefina abstracto de su realidad más próxima es un fantasma que en realidad no existe y que además niega la existencia de sus semejantes que también son su circunstancia. Por cierto semejantes e idénticos no significan lo mismo.

El racionalismo cartesiano nos enseñó que la evidencia de la propia existencia es la capacidad de pensar, pero ese pensamiento se realiza en la alegría, el sufrimiento, el odio, el amor y sobre todo en lo que hacemos a partir de ello, en el actuar, decidir, hacer y equivocarse y cambiar. Esto hace que el pensamiento se realice y deje de ser una fantasía.

Pero nuestras circunstancias (nuestro entorno de situaciones) no son solo la percepción que de ellas tenemos, también lo son nuestros semejantes con sus circunstancias. La realidad es un cúmulo de individuos (con sus circunstancias) relacionados, no aislados. No podemos ocuparnos de la realidad si no juzgamos lo que piensan, hacen y dicen quienes tenemos alrededor. El hecho mismo de ser individuos nos lo exige. A menos que todos seamos una misma alma o un mismo espíritu (como plantean algunos espiritualistas holistas), es imposible no compararnos a nosotros mismos con los demás. El hecho mismo de adjetivar es prueba de ello: cuando decir que alguien es negro es producto de la comparación de este con otros que no lo son.

Por eso los intentos de homogeneizar el pensamiento y las conductas propias de los regímenes totalitarios como el fascismo y el socialismo, no pueden sostenerse en el tiempo, por más que en una sociedad los individuos compartan ciertos rasgos culturales y biológicos comunes.

No soy un ángel sin capacidad deliberativa. Ni siquiera estos seres espirituales parecen serlo, pues Lucifer quiso ser como el Creador, y para llegar a tal punto tuvo que haberse comparado primero y saberse inferior pero aspirar a ser superior. Mucho menos yo, que soy un vertebrado erguido que puede usar sus pulgares, puedo sustraerme de analizar a la sociedad en la que vivo y denunciar su irresponsabilidad porque hace pocos meses decidió continuar un “legado político” del que ahora empieza a quejarse.

Irresponsabilidad porque no termina de aceptar que se equivocó; pero también cobardía porque no se atreve a denunciar la aberración a la que está siendo sometida (colas, escasez, inflación, inseguridad, clientelismo, corrupción y negación de responsabilidades); inmoralidad porque tímidamente simula criticar un sistema político que año tras año, elección tras elección y consigna tras consigna, alentó y empoderó; pero sobre todo cobardía porque no se atreve a subvertir el pernicioso orden establecido. Esta sociedad está entrampada en su comodidad y no se atreve a ladrarle a su amo por el bozal de arepas, aunque ya no haya harina.

Por eso, por más que intente abstraerme de la septicemia social, intelectual y moral, no puedo dejar de escribir sobre esto. Pero cada vez tengo menos ganas, aunque me sobren los argumentos. Solo me queda invitar a que cuestionemos nuestros compromisos ideológicos para llegar a la adultez intelectual y social. Basta de paja partidista; ya hemos tenido suficiente de mesías fallidos que tras sus partidas han dejado un verdadero desastre.

Pero esta exhortación la hago consciente de la tozudez del pueblo, que por cierto sí se equivoca. Puedo adelantar que las circunstancias seguirán empeorando, la oligarquía (el gobierno en manos de unos pocos) seguirá aferrada al poder y los pendejos seguirán echándole la culpa a fantasmas que nadie ha visto. Pasarán los años y la revolución llegará a 50 años en el coroto, pero todo seguirá siendo consecuencia del imperio, la burguesía, los paramilitares, los Cuarta República, y la oposición (la cual ya es de por sí inexistente). No digan luego que nadie lo advirtió.

Es decir, las circunstancias no cambiarán, al menos que se tomen decisiones drásticas como atreverse a pensar y a actuar en consecuencia. En esa circunstancia vivimos.

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