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Si bien agrupar a los individuos de acuerdo a características similares entre ellos es casi una capacidad inconsciente de la mente animal, convertirlos en estereotipos o clichés para su explotación comercial no es del todo inconsciente, ni mucho menos inofensivo.

La publicidad televisada de un juguete que fabrica helados me ha hecho reflexionar no pocas veces al respecto. Un niño moreno, de aspecto rochelero y con habilidades para el baile, personifica a un heladero, quien les sirve helados a dos niñas blancas, una de las cuales tiene ojos claros.

Para muchos puede ser chistoso, de hecho no pocos televidentes que racial o socialmente pudieran identificarse con el negrito heladero lo ven como una gracia, pero no advierten el carácter reproductivo de este spot, dirigido sobre todo a niños y sus padres, en lo que a desigualdad social, económica y cultural se refiere y menos aún del marcado racismo que a mi modo de ver, de una manera subliminal, impera en nuestra sociedad: los pobres, que generalmente son morenos, son heladeros…o mototaxistas, como deja ver el nuevo comercial de una cadena de comida rápida. El negro, de trencitas en el cabello, dice: “Tremenda promo”, con una vocalización “malandreada”, tras lo cual el resto del equipo, no tan de barrio como él, se ríen.

“Er Conde del Guácharo” ha dicho que si llegara a comprarse un yate, contrataría como capitán a un negrito, porque si pone a un catire, la gente va a pensar que la embarcación es de este. Otro “chiste” similar dice que un blanco con bata es médico, y un negro con bata es un chichero.

Per se, ambos comerciales (o estos malsanos chistes) son simples personificaciones de clichés (ideas convertidas en fórmulas repetitivas y aplicadas a situaciones particulares de forma indiscriminada) pero ignorar sus efectos, más aun tomando en cuenta el público al que van dirigidos, es sumamente odioso, y sobre todo discriminatorio, y más peligroso aún por sus efectos en el inconsciente colectivo, ahí donde se forman esos injustos prejuicios sociales que condicionan la vida de millones de individuos sin que nadie se dé cuenta. Muchos asumen que los pobres siempre han hablado de una manera determinada, ejercido determinados oficios, ignorado la cultura, porque sí, porque ese es su origen y destino.

Pero más allá, está el peor de los efectos. Si bien los estereotipos tienen un origen en un fenómeno observable que se convierte en concepto aplicable a los individuos que pueden clasificados dentro de ese fenómeno (como la forma de hablar, o el aspecto físico), la libertad, aunque atenuada precisamente por los estereotipos que reproduce la sociedad a través de la publicidad, el arte, e inclusive la política, es  la potencia del espíritu humano que puede salvar al individuo de ser un personaje de publicidad y, sobre todo, de ser parte de esa masa moldeable que las clases dominantes (poder político y económico) quieren que seamos para controlar la sociedad.

Sin desconocer el condicionamiento del entorno, la pobreza no debe ser sinónimo de ignorancia, como ser moreno no tiene que obligarnos a ser pobres o marginados siempre. Criarse en un sector popular no debe condenarnos a hablar mal, ni a vivir mal. Como tampoco el mototaxista no tiene más opción que ser alzado, grosero o irrespetuoso de las leyes de tránsito.

Cuando el pueblo entienda que el verdadero poder está en el conocimiento y empiece a cuestionar su propio estilo de vida, ese día podrá liberarse de los estereotipos que se le imponen. No es que ser heladero o mototaxista sea malo, sino que debemos hacer respetar quiénes somos respetándonos nosotros mismos primero y sin juzgar a los demás desde nuestros prefabricados y generalmente malintencionados prejuicios.

Tampoco tenemos que ser lo que la sociedad nos imponga. Cada individuo tiene el deber de trascender la masificación. Esa es la verdadera realización como ser social, no amoldarse a lo que los demás piensan que somos o debemos ser.

Si al leer el título, alguien respondió “un chichero” o “un heladero”, es un ser prejuicioso que debe empezar a cuestionarse a sí mismo.

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