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“…Que el que no quiere ver”, dice la sabiduría popular. La realidad venezolana ha llegado a un punto tal en que las posturas políticas e ideológicas empiezan a ser superadas por una realidad evidente, indiscutible, dura y por ende aglutinante.

¿Quién a esta altura no ha tenido problemas para conseguir la harina para las arepas, afeitadora, papel sanitario, jabón, champú, un repuesto, un cartucho para la impresora, un medicamento o un pasaje aéreo?

Llevamos años escuchando historias de “guerra económica”, “sabotaje”, consecuencias del cada vez más lejano paro petrolero, etc. Y a las ya incontables medidas que el Gobierno ha implementado se añade una nueva: las captahuellas para poder comprar alimentos.

No faltará quien se coma el cuento de que ahora sí se van a acabar las colas y el desabastecimiento, eufemismo que, por cierto, impuso el Gobierno para esconder la verdadera causa de todo este desastre: la escasez derivada de la improductividad de la economía venezolana que solo se ha sostenido a punta de petróleo y de bolívares sobrevalorados respecto al dólar, lo que ha permitido mantener un aparato burocrático que devora la riqueza nacional. Aquí es más lucrativo viajar y raspar que invertir en una economía hiperinflacionaria donde ahorrar es botar dinero a la basura.

Mi alegría fue inmensa cuando en estos días unos amigos chavistas, de quienes nunca subestimé su inteligencia a pesar de las diferencias ideológicas, me comentaban abiertamente sobre su malestar con el actual Gobierno por los desaciertos en materia de economía. No me defraudaron, nunca dudé de su capacidad de reconocer la verdad, que no es mía, ni de la MUD, ni de Capriles, es de todos, es evidente.

El meollo de esta lamentable situación a la que hemos llegado no es si alguien cree (un asunto de fe y simpatía) que Chávez fue bueno o que por el contrario lo desprecia porque lo llamó “escuálido” o “apátrida” por pensar distinto, ni siquiera si las guarimbas fueron buenas o malas, o “la salida” de Lepolodo fue una locura. Con eso cada quien puede vivir como unos son católicos, otros evangélicos o ateos. El problema es que enfrentamos las consecuencias de un modelo económico que se dedicó a destruir el aparato económico en vez de aprovechar la capacidad que tiene el capitalismo para producir riquezas. En pocas palabras, perdimos estos quince años, quizás menos, comiéndonos forzando a la gallina a poner, nos comimos todos los huevos y ahora la gallina, cansada, flaca y desnutrida, ya no puede poner y hasta nos la queremos devorar.

En la práctica asistimos al fracaso del socialismo como doctrina económica, y tuvimos que sufrirlo para darnos cuenta de que en el fondo no se trata sino de un capitalismo de Estado, en el que también muy pocos se enriquecen y muchos se mantienen ocupados haciendo cola y votando eternamente por un Gobierno que no ha hecho sino mantenerlos pobres. Por eso el tiempo es el peor verdugo de los que mienten.

Soy pesimista en este sentido y espero equivocarme, pero no veo solución a los problemas actuales en el corto ni mediano plazo. Mientras exista gente que siga engañándose y negando que tenemos serios problemas y no reconozca que como sociedad nos equivocamos apoyando un sistema como el actual, no podremos dar el paso decisivo: que tanto chavistas como caprilistas o leopoldistas se arrechen y juntos exijan un cambio que permita repensarnos como sociedad y elaborar un proyecto de país en el que los pobres tengamos oportunidades, muchas de las cuales pueden surgir del capital y del éxito del rico. Hay que buscar el equilibrio, cosa poco vista en estos lares desde hace mucho. “No hay pero ciego que el que no quiere ver”.

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