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Que muchos socialistas, izquierdistas, chavistas o revolucionarios, etiquetas todas muy adecuadas para evitar que el rebaño se descarrile pero fracasadas en cuanto a resultados prácticos se refiere, empiecen a abandonar el dogma de la estatización de la economía, puede ser interpretado como un pequeño avance, quizás el único durante los últimos 17 años, en cuanto a madurez del pueblo se refiere.

Pero no me confío. Soy escéptico respecto a esa bondad natural de Rousseau y soy enemigo de la idea de que el pueblo no se equivoca. En mi opinión, que hoy cerca del 90% de los venezolanos, según Datanálisis, esté de acuerdo con que el Estado respete la iniciativa privada, le ofrezca mejores condiciones y trabaje de la mano con ella, no es más que el producto de la fatiga en las colas para comprar lo más elemental o de lo imposible que le resulta a la mayoría comprar un carro, una moto o una botella de whisky. Es así, solo cuando nuestra pésima decisión de procurarnos un gobierno socialista, u obrero (como ahora le llaman) ha afectado nuestros más personalísimos y biológicos  intereses, es cuando más baja ha estado la popularidad del gobierno. Todo lo cual es un contrasentido pero a la vez la más elocuente prueba de lo que realmente somos los venezolanos: unos egoístas, hipócritas y pantalleros.

¡Al carajo el socialismo! Estoy cansado de ver burgueses con pequeñas fortunas haciendo los negocios que cualquier escuálido haría: acumula dinero, compara bienes y los revende para multiplicar su capital ¡Eso, su capital!

Y es que una clase poderosa (en la práctica muy sonriente hacia los lujos) nos han vendido la idea de que el capitalismo es la peor plaga, claro, siempre que el rico sea otro y no yo. Pero el capitalismo es más que generación de plusvalía o de riqueza y su perversión se encuentra en que unos pocos amasen capital para sí sin retribuir nada a la sociedad. Tanto cuando una gran suma de dinero sirve para sobornar a un gobernante, como cuando tres tablas permiten evadir una multa de tránsito, se trata de corrupción, y eso pasa aquí y en Washington.

Es realmente risible cómo los más enérgicos detractores de este “sistema diabólico” lo hacen a través de Google o Facebook, y de los servidores de Internet, usando un Samsung o una Dell, mientras sus cuentas en dólares les permiten tener tarjetas de créditos plateadas, usan billetes, van a bancos, viajan en Airbus o en Boeing y visitar Nueva York, Londres o Bangkok en vez de Pyong Yang o La Habana, conducen autos fabricados en serie y comen hamburguesa o perro caliente. Señores, todos vivimos en la misma aldea y no por vociferar tres consignas de Chávez por eso son menos capitalistas que el resto. Nadie escapa de este sistema.

Y no faltará quien diga que no hay ninguna contradicción en ello. Claro, como si ninguna de las empresas y lugares mencionados antes no representaran el gran capital mundial y las transnacionales que tanto critican. Si profesar una ideología y vestir sus símbolos no está reñido con practicar lo contrario, entonces es estéril siquiera defenderla, porque practicar el socialismo radicalmente implicaría volver al monte y empezar de cero prescindiendo de todo cuanto ha sido creación del capitalismo, desde sus gérmenes en al antigüedad, pasando por el feudalismo medieval (en el que Venezuela aún vivimos), hasta llegar a la revolución industrial moderna y la tecnológica actual.

Por eso el debate sobre el sistema político que necesitamos adoptar en Venezuela, socialismo, capitalismo, socialismo libertario, capitalismo social o cualquier pasticho resultante de sus mezclas es simplemente estéril. El capitalismo es más que un sistema político, es una cultura (formas de pensar, sentir y obrar de un grupo de humanos), es nuestra cultura.

Las culturas no cambian de un día para otro, ni están aisladas del resto de las demás culturas. Se influencian mutuamente y solo sobreviven aquellas que están conscientes de lo que son, de sus verdaderos valores, límites y capacidades. No como nosotros, que andamos cayéndonos a coba con “Cheverito”, la máxima expresión mediática del autoengaño en que vivimos.

Hace más de un siglo Oswald Spengler fue más allá de lo que yo hoy: “El capitalismo y el socialismo tiene los mismo años, son íntimamente afines, han surgido de la misma manera de ver las cosas y están forjados con las mismas tendencias. El socialismo no es más que el capitalismo de las clases bajas.” O sea, son “la misma miasma”.

El socialismo europeo actual, así como el chino son solo una forma de decir que el capitalismo no es tan salvaje como hace un par de siglos cuando los obreros no tenían derechos que ahora sí tienen.

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