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“El que esté libre de pecados, que lance la primera piedra”, dijo Jesús a los fariseos, de quienes la mujer pecadora esperaba la muerte por fornicadora, de acuerdo a la ley religiosa de la época.

Pero, uno a uno, esos meticulosos maestros de la ley fueron soltando las piedras con que habrían de dar muerte a la pecadora ¿acaso porque ellos mismos habían fornicado con ella?

Quizás las palabras de Jesús, ese rebelde maestro del amor al prójimo, más que callar sus bocas, fueron una bofetada a sus conciencias leguleyas y dogmáticas que les hacían creerse más limpios y puros que los demás, solo porque cumplían con unos rituales y acciones externas. Alababan a Adonai con su boca pero sus corazones estaban lejos de Él, o como les espetó en sus caras el mismo Jesús: “Eran unos sepulcros blanqueados”, aparentemente pulcros pero llenos de porquería por dentro.

Resulta increíble cómo los dogmas han apartado a las religiones monoteístas del camino del amor al prójimo (“agape” en griego y “charitas” en latín) y no pocos de sus más fieles seguidores se han encerrado en burbujas y apartado del mundo por temor a contaminarse del pecado o más bien por miedo ser quienes realmente son, pecadores.

No es raro que estos santurrones, conocedores de una que otra frase bíblica y especialistas en el cinismo cuando se atreven a medir a los demás con una vara o a ver la pelusa en el ojo de los demás pero no la viga que tienen en el propio, se conviertan en implacables jueces de los infieles, los gentiles y pecadores. Lo hicieron los mismos amigos de Jesús con aquel ciego de Jericó, Bartimeo, a quién le impedían acercarse al maestro en busca de sanidad. Él solo quería ver pero, como hoy, los discípulos del hijo del carpintero y de María se lo impedían. ¿Quién necesita del médico: el sano o el enfermo? ¿No tenemos que amar al Señor y al prójimo como a nosotros mismos porque a estos los vemos pero a aquél no? Por algo cierta doctora de la Iglesia dijo una vez que todos seríamos juzgados de acuerdo al amor al prójimo, no sería otro el criterio.

Cuando vi hace unos días en la prensa local una convocatoria a un cursillo de cristiandad que decía “Divorciados no, arrimados no”, inmediatamente pregunté si Jesús estaría de acuerdo con que el cursillo se llame de “cristiandad”, siendo tan discriminatorio hacia quienes por falta de fe o por haber fracasado en un anterior matrimonio no han contraído nupcias ante un sacerdote, aunque en realidad en el sacramento del matrimonio los ministros sean los cónyuges y no el cura, quien solo preside la ceremonia.

También me pregunté si al cursillo podrían ir los negros y los homosexuales, tomando en cuenta ese chocante secretismo en que envuelven el contenido de los cursillos, no sé si para generar interés o para que no entre cualquier mortal, mucho menos pecador, divorciado o arrimado.

Menos mal que el profeta dijo que “la mirada de el Señor no es como la de los hombres, porque éstos miran las apariencias, pero Él conoce el corazón”. Debe saber entonces las verdaderas intenciones y las pasiones (de las que tratan de huir) de esos hipócritas discípulos que se dan golpes de pecho pero en sus mentes albergan perversión, soberbia y maldad.

Para consuelo de los arrimados y divorciados, o sea los pecadores, El Creador no abandona a nadie. Cuando el pueblo de Israel dijo que el Señor le había abandonado y olvidado de él,  el Santísimo le respondió:  “¿Se olvida acaso una madre de su hijo? Y aún si una madre llegara a olvidarse de su bebé, yo,  en cambio, no te abandonaré jamás” (Isaías).

Bueno, todo eso según la Biblia, el libro sagrado de los cristianos.

A esos santurrones solo les diré que así como apedrean moralmente a los pecadores porque alguien les dijo que la Biblia lo ordena, entonces que se saquen los ojos, porque, al menos que sean santos, seguramente alguna vez pecaron con ellos.

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