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Burros“En democracia la mayoría no se impone 
sino que tiene la obligación de procurar el bien común”

Hace mucho tiempo me convencí de que la retórica puede hacer parecer sabio al más ignorante de los hombres. Memorizar unas cuantas frases de calendario, del timador Paulo Coelho o del no menos cabeza hueca Ismael Cala (con el perdón de sus admiradoras), más la sagacidad de decirlas en un determinado tono, pueden ser suficientes para cazar bobos.

Este mal uso del don de la palabra no es nuevo. En la antigua Grecia los discursos grandilocuentes y llenos de frases convincentes eran condición necesaria para incursionar en la política, espacio lamentablemente idóneo para convencer al otro de las propias convicciones por muy erradas que fuesen. Así, los sofistas hicieron mucho dinero enseñando a los jóvenes políticos a engañar a los ciudadanos con discursos muy bien elaborados pero muchas veces carentes de sentido.

Sin embargo, siempre he creído que hay dos tipos de habladores: los que por condición de su carácter son incontinentes verbales, incapaces de frenar su lengua, pero a fin de cuenta sinceros; y por otro lado los que en su mente elaboran discursos, las más de las veces ilógicos, pero acompañados de gestos y expresiones que hipnotizan y distraen la atención hacia lo menos importante.

No por nada entre los antiguos era estimado como una virtud el laconismo, capacidad de expresar una gran idea con pocas palabras, habilidad que por cierto muy pocos, los que realmente tienen capacidad de síntesis, pueden lograr.

Si algo aprecio de Aristóteles y de los gramáticos es la clasificación de la falacias (engaños) usadas en los discursos, de las cuales, a propósito de la aberración que falsos teóricos políticos hicieron pública en la prensa local de estos días, traeré a colación las de “Post hoc ergo propter hoc” y la de “Petitio Principii”.

Dijeron: “La regla de oro de la democracia es que la mayoría decide y la minoría acata”, pero no siempre lo segundo es consecuencia de lo primero (primera falacia), menos cuando empiezan con la falsa premisa de que esta es una regla de oro de la democracia (segunda falacia). Es probable que lo hayan soñado, pero esa no es ninguna regla.

Por eso es mejor que el zapatero se dedique a su zapato. Que unos dirigentes políticos, en medio de una polémica constante entre quienes piensan que Venezuela vive una dictadura y los que, por otro lado, defienden el carácter democrático de su gobierno, no ayuda en nada a desmentir a los primeros.

Por el contrario, y para información general, en democracia la mayoría no se impone sino que tiene la obligación de procurar el bien común cuidando especialmente de no vulnerar los derechos de las minorías. Es lo que se conoce como pluralidad. Si esto no sucede y la mayoría obliga a la minoría a “acatar”, solo un cínico o un asno pueden decir que se trata de una democracia (gobierno del pueblo como totalidad y no una parte de él). “Demos” significa pueblo, no clase social ni partido político mayoritario.

En todo caso es probable que estos ilustres voceros se hayan equivocado y en vez de “democracia” hayan querido decir “oligarquía” (gobierno de una clase o parte de la sociedad); o tal vez burocracia, tan apetecible por los incapaces; o “burrocracia”, una posible nueva categoría de las ciencias políticas en la que quizás nos explayemos más adelante.

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