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Sí, se muere la pobre. Un antiguo jefe siempre me decía que la diferencia entre un gobierno malo y uno bueno era que el primero se come los huevos y cuando se acaban, le cae a palo a la gallina, le saca los que está gestando y luego hace un sancocho; el segundo quizás se coma los huevos, pero está pendiente de echarle su maíz, le hace cariño, le limpia el corral y espera que ponga para volver a comer.

Esa misma es la diferencia entre el comunismo y el capitalismo, que, por cierto, en la actualidad no necesariamente se identifican con la izquierda y la derecha, respectivamente.

Harto hemos advertido de la inviabilidad del comunismo como sistema socioeconómico capaz de generar bienestar en el pueblo. Dos ejemplos del fracaso producto de querer imponer una utopía como verdad científica son la Unión Soviética y Cuba con las críticas de Silvio Rodríguez incluidas y su la apertura paulatina a la inversión privada.

Pero como los idiotas no escarmentamos por cabeza ajena, en Venezuela preferimos tragarnos esa falacia del socialismo del siglo XXI, de la cual hasta su creador y exasesor de Chávez, Heinz Dieterich, sospecha de su inviabilidad. Las contradicciones de este señor, quien por cierto ha hablado públicamente del “fracaso” de Maduro, son muy elocuentes.

Este neosocilismo, o “socialismo a la venezolana”, no consistió en otra cosa, dicho por el mismo Dieterich, en la destrucción del aparato productivo privado (comerse los huevos) y la concentración de los medios de producción en manos del Estado (comerse la gallina). Es decir, ese socialismo, de nuevo, no tiene nada, pues ese mismo camino de fracaso transitaron los dos ejemplos que acabos de citar.

Resulta extraño que luego de tantos meses de intento de lavado de cerebro con la fulana “guerra económica”, el gobernador Ameliach se reuniera con el que uno pudiera pensar, siguiendo esa misma “lógica”, es el máximo impulsor del sabotaje económico: Lorenzo Mendoza, presidente de Empresas Polar, la gallina más grande de Venezuela, siguiendo con la metáfora. Y no para insultarlo, vejarlo o acusarlo, sino para ver de qué manera pueden ayudar a que Polar supere la baja en la producción de varios de sus productos ausentes de los anaqueles, que no son pocos, pues se trata de una de las empresas de alimentos más grandes de Suramérica. ¿Y entonces señores del gobierno? ¿Van a seguir con la charla de la guerra?

Pues resulta que ya cuando las gallinas que nos alimentan casi no ponen huevos después que ya el gobierno, expropiándolas, se ha comido varias de ellas, de pronto los obreros se han dado cuenta de lo perverso de este sistema económico: las protestas de los sindicatos en la zona industrial son cada vez más frecuentes, y lo insólito: son en apoyo a las empresas, las que les dan de comer a los obreros con sueldos y beneficios envidiables por muchos profesionales. Ahora los trabajadores están entendiendo que aquí el saqueo de dólares lo hizo el gobierno, que sin los billetes verdes no se produce y si no se produce cobran sueldo básico, así de simple.

Ahora resulta interesante que el principal culpable de este desastre, Jorge Giordani, otrora pupilo del Comandante, quiera escurrir el bulto y endosarle la culpa a Maduro. Señores, un país no se quiebra en un año, todo este desastre tiene su origen en las políticas económicas implementadas años antes por el mismo Chávez como retaliación a “la burguesía”, según ha dejado ver el propio Dieterich en su reciente artículo  “La caída de Giordani y el futuro de Venezuela”. Aquí las gallinas tienen años llevando palo.

Pudiera extenderme más, pero el tiempo hará lo suyo: el gobierno, mientras negocia su permanencia con los capitales mundiales que tanto critican los comunistas que ahorran en dólares y tienen tarjetas de crédito, los obreros, los desempleados y los jóvenes que no hayan que hacer con sus títulos empiezan a darse cuenta que la izquierda y la derecha son máscaras, que cualquier socialismo totalitario está condenado el fracaso aunque Chávez les haya caído muy bien. La gente empieza a tomar consciencia y a diferenciar “lealtad” de “alcahuetería”.

Sin entrar en detalles solo reiteraré que es hora de una nueva forma de política, que respete y estimule la iniciativa privada, única capaz de generar riqueza, y legislando, hacer que esa riqueza llegue a los más desposeídos, capacitándolos, educándolos, y así no dependan de una bolsa de Mercal para llenar sus estómagos, ni tengan que jalarle bolas a nadie para tener un techo realmente digno y no un cuchitrís en el que muchos dirigentes no quisieran vivir.

Para esto se deben conjugar elementos sociales y pragmáticos, lo cual solo es posible si llegan al gobierno personas preparadas, con sensibilidad social y que no padezcan personalismos ni fanatismos. Debe surgir una nueva clase política que reparta los huevos y cuide las gallinas.

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