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No es lo mismo ser un bípedo sin plumas que un animal “racional”. Esto concluí cuando una jaqueca a las cuatro de la mañana no me dejaba conciliar el sueño y el dios Hypnos me envió a un alado compañero que contradictoriamente se encargó de impedir que pudiera dormir y recuperarme. Obviamente no se trataba de su hijo Morfeo, supongo que por no ser yo de la nobleza, sino de un pajarillo que se apostó, como cada mañana, en la ventana de mi habitación con un periódico pero insistente trinar que parece salido de un sistema de sonido con Digital Surround.

Hay una diferencia específica entre el bípedo sin plumas y el animal “racional” de la que dependen el resto de las particularidades. La consciencia da origen a la libertad y esta no existe sin responsabilidad.

¿Por qué esta insolente ave insiste todos los días en trastornar mi descanso con su estridente cantar? El dolor de cabeza y las náuseas se exacerbaron porque no podía entender su “empeño” en no dejarme recuperarme y dormir.

¿Será ese animal (bípedo con plumas), consciente de las consecuencias de sus acciones, o sea irracional? Suena estúpida la pregunta, pero Don Luis Parra, un octogenario agricultor de Chirgua, me dijo que las aves saben de cuál fruto comer porque si una muere envenenada el resto de la bandada “aprende” y se va a otro cultivo. Y es cierto. Aunque quizás no se pueda decir de ellas que son “racionales” en el sentido aristotélico de la palabra, de alguna manera sus sentidos les permiten “saber” cosas y actuar en consecuencia.

Recordado esto, a favor de mi torturador personal, el pájaro que canta cada mañana en mi ventana, reconocí que la tierra donde está construido el conjunto residencial donde vivo alguna vez albergó un verde y fresco bosque, y quizás justo en mi ventana hubo un frondoso árbol en el que cada mañana, sin “molestar” a nadie, emitían sus sonidos los padres, los abuelos, o la familia de este pájaro. ¿Cómo puede este condolerse de mí? ¿Aunque pudiera, lo haría?

Y en eso me dieron las 7 de la mañana. Con mi cabeza a punto de explotar por el dolor, mis náuseas empeoraron cuando, también como cada mañana, otro animal (pero en este caso supuestamente racional), encendió su moto tras “darle pata” unas 15 veces. Después, lo de todos los días: aceleró como por espacio de tres minutos para calentarla, llenó de humo el aire hasta que subió al tercer piso y entró por mi ventana, además de dejar un repugnante olor a gasolina.

Volví a hacer el ejercicio mental: ¿Será ese animal (bípedo sin plumas) consciente de las consecuencias de sus acciones? Si con el pájaro sonaba estúpida la pregunta, con este vecino ni hacía falta hacérsela.

Se revolcará Aristóteles donde quiera que esté, pero debo decir que no todos los humanos son animales “racionales” porque la consciencia, el saber las consecuencias de lo que pensamos, decimos y hacemos, exige responsabilidad y sufrimiento o cuando menos molestia, y, al menos en este caso, no es así.

Muchos creen que la “libertad” del ave radica en que puede volar a sus anchas pero están equivocados. Los animales van donde su instinto les lleva por una necesidad de supervivencia, no por elección ni por decisión. Eso no es muy distinto a lo que hacemos los “racionales”: nos acostumbramos a actuar de forma egoísta sin advertir el daño, o las molestias, que causamos a quienes nos rodean.

No por nada es más fácil querer a un animal que a muchos humanos porque la amistad, como toda forma de amor, exige condolerse del otro, ponerse en su lugar y en consecuencia procurarle el bien, es una elección libre y consciente, surge de la voluntad y no de los instintos.

Precisamente por lo anterior la libertad no es hacer lo que nos da la gana sino lo que más felicidad genere para uno y para los demás. Es la posibilidad de evaluar nuestras acciones, de corregirlas. Entramos así en el ámbito espiritual, o moral.

No basta con ser animal racional. Tenemos que ascender a la moral. Esto podría hacer la diferencia entre un desconsiderado vecino y un pequeño pájaro.

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