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De pronto me vi en las calles de una ciudad. Vestido de jean y franela, mucho más cómodos que las corbatas y las chaquetas a las que estoy acostumbrado. Sin más seguridad que la que proveen Dios y la Virgen.

Quise subirme a una camionetica pero al preguntar a un chamo sobre la ruta hacia el pueblo al cual quería ir para conocer su realidad más cotidiana, este me recomendó tomar un carrito por puesto porque “en las busetas atracan mucho. Yo las uso para no gastar tanto”, me dijo. Por su mochila advertí que era estudiante.

Le hice caso. En el recorrido hacia el pueblo en el caluroso auto, pude ver varios incendios forestales, montañas de basura, y dos multitudinarias concentraciones de personas con bombonas esperando el camión del gas. Me extrañó, pues tenía entendido que estos problemas no existían, porque conocía de cerca a los jerarcas de la petrolera, todos patriotas cabales.

Al llegar al pueblo un gran relleno sanitario me dio la bienvenida, con mucho humo y un putrefacto olor. “¿Cómo pueden soportar esto?”, comenté. Un pasajero me dijo que proyectos han ido y venido, promesas miles que no se han cumplido para acabar con ese ecocidio. Me sonrojé y no supe qué responder porque había firmado unos cuantos cheques con buenas cifras para remediar esto.

Haber tragado todo ese humo putrefacto, después de la insolación que agarré en el carrito por puesto, empeoró la tos que traía hace varios días.

Casi llegando a la parada me faltó la respiración. “¡Llamen una ambulancia!”, gritaba una viejita. “Mejor llévenlo en mototaxi porque aquí no hay ambulancias”, respondió un hombre. Y así fue, entre varios me subieron a la moto y llegando al Hospital, de pronto, perdí el conocimiento.

Desperté con las piernas fracturadas y en una sala de espera. “Señor, llame a sus familiares para que lo lleven a la clínica porque aquí no podemos operarlo”, me dijo sin verme a la cara y a unos seis metros de distancia un pichón de médico. Yo tenía puesta una máscara de nebulización que un paciente donó.

Pedí ser trasladado al CDI. “Pfff. Si aquí no podemos operarlo, no creo que allá puedan hacer más”, replicó en tono burlón y con cara de amargada una enfermera. Me enardeció porque siempre me dijeron que la atención de ese centro era la mejor. Accedieron a mi petición pero igual tuve que parar en una clínica.

Para poder quedar bien tenía que mandar a traer una próstesis fabricada en el Norte. “Ok, está bien, procedan”, les dije a los médicos.

“No la tenemos señor, porque si la compramos a dólar negro sale en unos 600 mil bolívares y eso no lo paga nadie”, argumentaron. “Pues pidan Cadivi o Sicad, aquí las importaciones para la salud tienen tasa preferencial”.

La carcajada grupal de los galenos no se hizo esperar y se fue diluyendo mientras mi cara reflejaba la vergüenza porque entendí que en realidad lo de las importaciones no funcionaba así.

“¿Saben qué?, yo pago lo que sea con tal de que me dejen bien”, les dije, sin poder dejar de pensar que el Hospital y el CDI no pudieron hacerme nada.

Me dieron de alta y como quería seguir en el pueblo, una buena abuela me ofreció albergue. Entré a su casa a medio construir, sin friso y con el piso rústico: un cuadro de un líder revolucionario en la sala, un afiche de campaña política y la foto de un joven de toga y birrete adornada con flores y una vela encendida.

“Es mi muchacho”, me dijo la doña con cara de nostalgia. “Lo mataron para quitarle el teléfono a los siete días de haberse graduado”, explicó. “¿Agarraron al asesino?”, pregunté. “No mijo, nosotros somos pobres. Dios se encargará”. Interrumpió las preguntas obvias: “Le puedo ofrecer un vasito de agua porque el café…bueno, usted sabe…” A esta altura empecé a darme cuenta de que tantas cosas que defendía como las verdades más absolutas no eran tales.

“Pero lo voy a recompensar. Mañana debe llegar el pollo y si los juanetes me dejan hacer la cola le preparo un almuerzo pa’ que se chupe los dedos” dijo la encorvada abuela entre sinceras carcajadas.

Caí en un letargo. Todo lo que había vivido los últimos días era muy distinto a mi comodidad. Decidí llamar al canal del Estado: “Aló, soy el Presidente de la República. Necesito una transmisión en directo desde este pueblo…” A la hora tenía todo el equipo instalado: “Estoy equivocado. Disculpen tantas mentiras. Un solo grupo no puede gobernar”, dije en cadena nacional.

De pronto sonó la alarma de un reloj. Me levanté, y vi la hora. Era el momento de irme a trabajar. Mi sueño de presidente había terminado.

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