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Si la semana pasada dedicamos nuestra reflexión a la incoherencia que caracteriza nuestra cultura y en especial al ejercicio de la política, hoy no es menos pertinente analizar el discurso mentiroso que se fundamenta en culpar a los demás de las propias fallas.

Apelar a la propaganda negativa es el principal oficio de la mayoría de garabateros (que pretenden ser escritores) y balbuceantes (que se jactan de oradores) que pululan en el escenario público actual. Utilizar un espacio para forjar opinión y manipular es muy distinto a analizar y expresar de forma coherente lo que la gente de a pie vive pero no tiene tiempo o recursos para teorizar y conceptualizar, ni el medio para expresarlo.

Muchos sin advertir esta diferencia en lugar de análisis político hacen propaganda política llegando al extremo de ignorar (o peor de hacerse los locos) que mucho de lo dicen contradice su propio discurso porque no se adecua a la vivencia cotidiana hasta de sus propios camaradas.

Entre quienes someten su pluma o su discurso al escrutinio público hay de dos tipos: los que lo hacen por profesión (opinadores) y los aficionados (propagandistas). La principal de las diferencias entre ambos radica en la conciencia que se tiene del nivel intelectual de la audiencia y el empleo de un discurso no solo lógico sino con coherencia hermenéutica. En otras palabras, el opinador sabe que la audiencia no es pasiva y se da cuenta de lo que le quieren decir e interpreta lo que se calla o se pretende manipular porque es quien padece los problemas, tienen una experiencia al respecto y diferencia entre una payasada y un análisis de verdad.

Con todo lo que hoy vivimos, los propagandistas se empeñan en seguir hablando del costo de la vida durante el gobierno de Carlos Andrés. Critican que entonces a los aumentos de precios los llamaban “ajustes” para esconder su maldad, que el capitalismo y los empresarios son plagas de hambre y miseria. Craso error en el contexto de la debacle en el apoyo popular que hoy padece el gobierno.

Si alguien sabe de eufemismos es el pueblo. Lo aprendió en la IV República y perfecciona su conocimiento ahora. Los disfraces se reconocen de donde vengan. Si el eufemismo es por definición una palabra que esconde a otra con un significado desagradable ¿no podríamos aplicarlo a la “sensación de inseguridad” argumentada por años por el gobierno para esconder su incapacidad sobre el tema de la violencia; o a la culpa de “El Niño” y las iguanas de las interrupciones del servicio eléctrico? ¿Caso idéntico con la “adecuación de precios” de varios productos de la cesta básica esta semana, las devaluaciones de Nicolás para “proteger los dólares del pueblo” y el “ajuste” de las tarifas eléctricas anunciado por Chacón? ¿Cuál será la expresión menos escandalosa para referirse a la inflación de 12 % en lo que va de año? ¿Qué es un aumento de sueldo del 20 % y después un incremento de al menos esa misma proporción en tantos alimentos, bienes y servicios? ¿También es un eufemismo que los motorizados bolivarianos se vean obligados a aumentar el pasaje por la inflación y el alto costo de los repuestos (importados)? ¿Por qué en lugar de culpar a los pocos empresarios que quedan no aceptan que este modelo económico y social basado en la estatización, la improductividad de las empresas expropiadas y el exagerado control fracasó y por eso hay desabastecimiento? ¿Y si la culpa de todo esto es del “fascismo recalcitrante”, para qué queremos un “gobierno” incapaz de gobernar?

¿No es la “soberanía” un chiste cuando la mayoría de alimentos de Mercal, la gasolina y hasta el papel para limpiarnos el “rabipelado” tenemos que importarlos? ¿Y donde queda el “bienestar” de los empleados públicos comparados con los sueldos de Polar, GM, Ford o Colgate? Cuando el que ejerce la Presidenta ordena detenciones e investigaciones judiciales ¿no se convierten las palabras “democracia”, “libertad”, “diálogo” y “autonomía de poderes” en burdos eufemismos?

Lo que no es un eufemismo es la cantidad de personas que ya no creen en esta improvisación programada. Por algo desde las elecciones parlamentarias lo que ha hecho es crecer en voto popular en la oposición, mientras el del gobierno ha disminuido. Denle la lectura que quieran, llámenlo como mejor les parezca, el pueblo no come con eufemismos cuando le matan un familiar, lo atracan, se le va la luz, no consigue empleo, hace cola para cualquier producto o no tiene acceso a salud, educación o infraestructura de calidad.

Opinar no es hacer malabares con palabras, estas deben estar equilibradas con la realidad.

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