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Sin duda vivimos en una sociedad que cambia aceleradamente. La cotidianidad, la rutina y el aburrimiento colocan una venda a nuestro entendimiento que no nos permite darnos cuenta de lo rápido que está cambiando el mundo y nos quedamos atascados en prejuicios que sólo nos hacen parecer cavernícolas delante de las nuevas generaciones y a veces delante de colegas y personas de nuestra propia edad.

En lo que a periodismo, comunicación e información se refiere, las tendencias pueden inclusive cambiar de un año a otro, o al menos así lo he advertido en el Seminario de Diseño de la Información 2013 al que asistimos esta semana, para el cual la Cadena Capriles (que nada tiene que ver con Henrique Capriles) trae cada año a quienes desde sus distintas especialidades (redacción, diseño, ilustración, animación, digitalización y teoría) sin duda están a la vanguardia del “nuevo periodismo”.

Pero no es en estos tópicos que reflexionaremos esta semana, sino sobre un par de temas que nos parecieron fundamentales para comprender no sólo los cambios en la industria del periodismo y los medios de comunicación sino para entender a la sociedad misma. Aunque para algunos simplistas la filosofía sea una cosa de locos o de soberbios, sea verdad o no, es también una actividad: hoy día para no repetir como loros algo de lo que quizás ni estamos convencidos, hay que disponerse, es decir, tener una actitud reflexiva, y esto es ya una acción que sin duda repercuten en el resto de nuestros actos. Por eso la teoría y la práctica no se pueden separar y bien lo explica la Biblia cuando dice que “De la abundancia del corazón (pensamientos y deseos) habla la boca”; ese es el fundamento de la ética. La reflexión y el diálogo también son actividades con capacidad transformadora no sólo del que escucha sino también del que habla.

Este año tuvimos el privilegio de escuchar las reflexiones del doctor Javier Darío Restrepo, especialista en ética digital, sobre la aplicación de los fundamentos éticos de la prensa tradicional al uso de Internet como medio de comunicación.

Lo primero que queremos compartirles es una inquietud que nos surgió de la ponencia de Restrepo. Hoy se habla de que los teléfonos y las redes sociales despersonalizan la comunicación y aíslan al individuo de la sociedad. Basta con ver a los muchachos (y a veces no tan jóvenes) “pega’os” de sus aparaticos, cuales zombies. Pero cabe hacerse la pregunta: ¿no sucede lo mismo cuando vemos tele, leemos periódicos o libros y en menor grado cuando escuchamos radio? ¿Cuando criticamos a los carajitos por el excesivo uso del Facebook y de los videojuegos no lo estaremos haciendo por temor y recelo ante las nuevas tecnologías y no por preocupación ética?

Solemos atribuirles a los nuevos recursos digitales, en especial a Internet como medio, todos los males de la sociedad actual, pero preguntémonos: ¿Qué fue primero: la violencia o los videojuegos, la pornografía o Internet, el chisme o las redes sociales? Creo que estaremos de acuerdo entonces en que el problema no es el medio en sí sino el uso que se le dé.

Rechazar de plano esta realidad equivale a lo que es nuestra segunda y no menos importante preocupación: en vez de aislarse con el teléfono ¿más bien nuestros hijos no estarán empleando una nueva forma de socialización, de comunicación o de relación interpersonal de la que los adultos nos estamos autoexcluyendo por tercos?

Resulta muy peligroso que nosotros los más viejos (y por eso más mañosos y prejuiciosos) nos neguemos a aceptar el mundo digital como una nueva realidad y en lugar de conocerlo y utilizarlo “se lo dejamos a los muchachos” sin saber qué están viendo, escuchando y aprendiendo.

Los padres tenemos la responsabilidad de guiar a nuestros hijos en el uso correcto de la tecnología, debemos darles principios para que le saquen provecho. Tenemos que conocer el lenguaje que manejan y ser vigilantes pero sin violentar sus espacios.

Nuestros hijos pertenecen a la era digital, no nos quedemos fuera de ella si queremos estar cerca de ellos. Nos guste o no en una red social, en WhatsApp o en cualquier otro medio es mucho más fácil ser sincero, y le permite a no pocas familias lo que quizás en persona les resulta más complicado: decirse “te amo”.

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