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La mayoría de las definiciones de la palabra “revolución” coinciden en que esta consiste en el cambio inmediato o transformación radical y profunda respecto al pasado.

Cuando Chávez llegó al poder en 1998 lo hizo impulsado por el incontenible deseo de la sociedad venezolana, en especial de los más pobres, por un cambio de rumbo en la política y su expresión en un Estado social y de derecho garante de la justicia y la igualdad sociales. Representaba así un cambio en el escenario político, podrido por la corrupción en todos los niveles: económico, institucional y electoral. Los gobernantes se repartían los ingresos petroleros, los cargos en ministerios, alcaldías y gobernaciones y hasta manipulaban el sistema electoral.

Son tristemente célebres las latica de zinc, los bloques, las bolsitas de comida y hasta el dinero en efectivo con que en la IV República se comerciaba con votos, así como el fraude en los resultados electorales al que recurrieron los partidos políticos para mantenerse en el poder. Esto es historia innegable.

Hoy, 13 años después, lamentablemente podemos afirmar que lo que empezó como una revolución se ha convertido en una institución y ha abandonado las aspiraciones de los más desposeídos. Prueba de ello es que sigue existiendo, y en gran cantidad, pobreza, analfabetismo, violencia, corrupción, clientelismo, paternalismo y desempleo. Es decir, la revolución, aunque a muchos no quieran reconocerlo, nunca fue, sigue pendiente.

Hemos llegado al punto en que hoy, la mayoría de quienes llevan el mando de la “revolución” son muy similares a aquellos malandros de cuello blanco que hacían y deshacían durante los 40 años: las mismas promesas en cada proceso electoral, el uso de los recursos del Estado y de los empleados públicos para sus campañas y la utilización de los planes sociales (que nunca terminan de resolver la desigualdad) para amarrar los votos, el debilitamiento constante de la moneda, etc. Eso, mi estimado lector, no tienen nada de revolucionario porque es idéntico al pasado.

Si la revolución es un cambio radical respecto al pasado, no hay nada de revolucionario en arrimarse al poder y disfrutar de sus mieles. Está muy lejos de ser revolucionario quien goza de protección y patrocinio del poder para complacerlo. Tampoco es revolucionario el discurso de quien siendo pobre, como somos la mayoría, adula a los poderosos mientras estos viven en el lujo. Revolucionario es denunciar la injusticia y no justificarla, revolucionario es el que habla obedeciendo a su propia conciencia y no a los intereses de un proceso.

Revolucionario no es el insulto opresor sino la denuncia popular. Ser revolucionario no es ponerse una franela y aplaudir ciegamente a un líder. El verdadero revolucionario se sabe a sí mismo líder y tiene en su conciencia su propio programa político: la crítica, el bien de sus vecinos y la lucha por los derechos para todas las personas sin ningún tipo de discriminación.

Nada tiene de revolucionario creer que un partido posee la verdad pues ese mismo error se cometió en el pasado. El que quiera revolucionar de verdad el país que empiece por escuchar, por reconocer los errores, por construir un proyecto de país con las opiniones de todos y no imponiendo la visión de un grupo.

Cuando aprendamos a votar pensando en el futuro y no manipulados por mitos o por compromisos que no sean con nuestra propia consciencia, cuando el activismo político se base en la reflexión personal sobre la realidad y no solo sobre las ideas, ese día podremos decir que estamos en revolución, en verdadera revolución.

Quiero ser revolucionario; menos mal que no hace falta saltar la talanquera para serlo porque la revolución es una vocación y no un bien exclusivo de un partido político. Parafraseando a Marx: ya hemos hablado mucho gamelote sobre la realidad, empecemos a transformarla. El voto es la oportunidad.

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