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La renuncia de Benedicto XVI puede ser considerada desde ópticas diversas que por sí solas son insuficientes. Tratar de entenderla desde el punto de vista civil, como si la Iglesia fuese solo un Estado con partidos políticos en pugna, es una torpeza, pues estamos hablando de la renuncia de la cabeza de una institución más antigua que cualquier otra en Occidente, con un legado espiritual, intelectual, cultural, material e histórico, cuna de casi cualquier cultura medieval, moderna y contemporánea.

Las causas, si no son las que el mismo Joseph Raztinger esgrime (cansancio), no saldrán en un buen tiempo de los muros vaticanos. De todos modos, según mi opinión, es más importante el impacto que tendrá la dimisión del Vicario de Cristo, elegido por cardenales “inspirados por el Espíritu Santo”.

Por eso, la desacralización, o sea reducir o despojar el carácter sagrado, del papado se quizás la consecuencia más importante de la dimisión de Benedicto, quien perderá la “infalibilidad” a partir del cese de sus funciones.

El Concilio Vaticano I, celebrado en 1870, proclamó la infalibilidad del papa, esto es, que el Sumo Pontífice no se equivoca cuando desde la silla de San Pedro (del cual es sucesor) habla sobre cuestiones dogmáticas. Los dogmas son las creencias que debe tener todo católico. Ejemplo de un dogma es la “Inmaculada Concepción de María”, declarado por el papa Pío IX. Todo católico debe creer que la madre de Jesús nació sin pecado original.

En sus actos de despedida de esta semana el romano pontífice hizo constantes y sentidas solicitudes al clero y a los fieles de la necesidad de que se “realice” el Concilio Vaticano II, llevado a cabo en 1962, dejando clara la necesidad de que la Iglesia se renueve.

Ratzinger estuvo en este último concilio (reunión de todos los obispos del mundo para discutir y ponerse de acuerdo sobre distintos temas) como ayudante de uno de los padres conciliares. Por eso hoy, este teólogo y filósofo influido por el pensamiento existencialista, recuerda que entonces se decía que “la Iglesia somos todos juntos”, que “no es una organización jurídica ni institucional, sino vital, que está en el alma” y reconoce con pesar que de esta idea “todavía hay mucho por hacer, no está completa”.

El Vaticano II es sin duda la base de la tan anhelada renovación de la Iglesia. En el quedó asentado que son todos los obispos y no el papa solo, las columnas de la Iglesia. Por eso quizás la desacralización del papado sea justamente la intención de la renuncia del “Príncipe de los Apóstoles”, quien además del poder espiritual y material ha tenido que llevar sobre sus hombros durante casi una década, los escándalos, errores y pecados de una Iglesia que se ha apartado de su fe, que no solo son los dogmas, sino fundamentalmente el amor al prójimo y la opción preferencial por los más pobres.

Es también significativo que Ratzinger haya usado como lema pontificio “Cooperatores veritatis” (cooperador de la verdad) y no “dueño de la verdad”, que es como generalmente la Iglesia se hace ver.

Por eso he querido extraer de este evento histórico la necesidad de renovación, reconocida por un líder que no se aferra a su infalibilidad sino que se aparta y alerta sobre el camino de error por el que transitan como Iglesia.

Sin duda llegará el día en que los sacerdotes puedan casarse, las mujeres desempeñen un papel más protagónico y los divorciados no sean tratados como condenados. Parece que no hay infalibilidad.

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