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Viene el Día de San Valentín, también conocido como “Del Amor y la Amistad”, en el que muchos se apresuran a comprar chocolates, flores, tarjetas y demás presentes para su pareja,  para sus otras parejas y amistades. Habrá cenas, paseos y otros saldrán solo a dar una vueltica.

Mientras todo el mundo se preocupa por eso, pasamos por alto reflexionar el sentido de esta celebración cuya esencia es el amor, por eso el Día de los Enamorados es muy parecido a las elecciones: los más sublimes gestos y promesas afloran y se marchitan ese mismo día.

¿Cuántos hombres no llegan con los más costosos regalos, llevan a cenar a su pareja y el resto del año son verdaderos energúmenos con la dama?

¿Acaso pueden un perfume, unos zapatos o una cartera remediar la desatención, la desconsideración y a veces el engaño con las que durante los otros 364 días del año los machos mal tratamos a nuestras compañeras?

Quizás el mejor regalo que un hombre pueda hacer a su pareja sea ponerse en su lugar y tratar de comprender sus sentimientos, sus pensamientos, sus necesidades. Com-padecerse de ella, es decir, sufrir, alegrarse, reír, llorar, esforzarse, descansar, fracasar, triunfar, vivir y morir siempre con ella. Este es el verdadero amor, palabra que nos encanta identificar con el aspecto genital de la vida de pareja, pero que significa mucho más que eso.

No podemos negar que el amor comienza por el atractivo sexual. Como animales estamos condicionados por las hormonas y los modelos sociales sobre la conducta sexual. El apareamiento es un instinto y los atractivos que percibimos en una persona son la base para la futura relación. Se engaña quien crea que la belleza solo va por dentro. Nuestra pareja nos tiene que gustar, debe ser atractiva para nosotros.

Pero en los humanos el amor no se agota en la genitalidad. El atractivo sexual no es constante, ni siquiera eterno. Siempre habrá personas con cualidades distintas a la de nuestra pareja, nos enfrentaremos a situaciones y relaciones interpersonales nuevas. Es entonces cuando se pone realmente a prueba si amamos a nuestra pareja, porque el amor empieza como un sentimiento pero se consolida como una decisión.

En ese punto la mayoría de los hombres se cae, no tiene más nada que ofrecer. Nuestra básica y corta mente evidencia su debilidad frente al espíritu dinámico, sensible y vital de las mujeres. A los hombres no nos importa que las cosas mueran, incluyendo las relaciones, porque no atendemos lo más importante para la mujer: los sentimientos. Como dijo un psicólogo: “Los hombres somos centrífugos y las mujeres centrípetas”. Para el hombre todo gira alrededor del sexo; para la mujer el sexo depende y gira alrededor de todo lo demás.

Y todo lo demás son las caricias, las palabras afectuosas, las atenciones, el intelecto, el humor, la seguridad, la exclusividad (ser la única) y por supuesto el atractivo.

Si un hombre quiere amar a una mujer debe trascender su animalidad y ponerse en el lugar de aquella. La pura satisfacción sexual la da cualquier macho, pero la satisfacción emocional que requieren las damas solo la puede dar un verdadero hombre. Si no nos atrevemos empezar a ser verdaderos hombres, no nos quejemos si nos toca un San Valentín sin un amor verdadero al lado, el cual tarde o temprano todos vamos a necesitar.

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