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Por: Carlos Sánchez

En Estados Unidos, después de la II Guerra Mundial, surgieron los primeros estudios modernos sobre el fenómeno de la comunicación, que la concebían como una estrategia propagandística para moldear el pensamiento y las acciones de las masas. Así, Harold Lasswell y otros concebían la comunicación como una aguja que servía para inyectar las opiniones en las audiencias: es la “teoría de  al aguja hipodérmica”.

Por supuesto esta teoría partía de la concepción del individuo como objeto pasivo de la comunicación, es decir, como un mero consumidor de contenidos, como quien compra un paquete de harina y se come las arepas sin importar de dónde vino, quiénes son los dueños de la empresa que la hace, su proceso de producción y muchas veces ni siquiera su costo ni los efectos de consumirla.

Así, comenzaron a surgir los grandes conglomerados comunicacionales de radio, televisión y prensa, con gran influencia sobre la opinión pública. Las preferencias políticas, la justificación de la guerra, el consumo de productos y el estilo de vida en general comenzaron a depender de lo que los medios “comunicaban” como si de una inyectadora se tratase.

Ese efecto (o disfunción) narcotizante, ya que la sociedad empezó a vivir intelectualmente drogada, se hacía cada vez más patente y durante las últimas décadas del siglo pasado empezaron a surgir teorías críticas sobre la manipulación ejercida por los medios de comunicación sobre la sociedad. Se intentó hacer ver al individuo como parte activa del proceso de comunicación con capacidad de interpretar el contenido que reciba, de opinar y criticarlo.

Por supuesto no hay que ser tan pesimistas como para pensar que somos robots programables pero tampoco tan optimistas como para aceptar sin más que vivimos en una sociedad crítica ante los medios de comunicación y les diré por qué.

Esta vez no entraré a observar el aspecto práctico en lo que a política se refiere, pues tendría que explayarme en varias páginas. Esta vez criticaré que en nuestra cultura los usuarios de los medios de comunicación siguen siendo absolutamente acríticos, es más, son consumidores de productos comunicacionales y sin darse cuenta viven de acuerdo a lo que ven en televisión y escuchan en la radio.

 No es casualidad que se hayan multiplicado los casos de las “narcomamis”, la delincuencia, la violencia contra la mujer, la paternidad irresponsable, el consumo de drogas y alcohol, la corrupción, la flojera de trabajar, la búsqueda del dinero fácil y tantos otros antivalores tan patentes hoy en cualquier parte de Venezuela. ¿Cómo puede ser de otra manera cuando el programa de televisión más visto es el “Cartel de los Sapos” y el reggaetón, con su constante incitación al desenfreno, está presente en cada equipo de sonido?

¿Podría ser distinto cuando en todas las novelas, que no son pocas, los personajes dedican su tiempo a la intriga, al odio, a la venganza, a la manipulación, al sufrimiento y a la rumba, pero muy poco a trabajar, a estudiar, al deporte…etc.? Quizás usted opine que una novela con estas características sería aburrida, pero le paso un dato: hasta esa opinión se la han inyectado los medios de comunicación.

Reconozco, no obstante, que tales programas y hasta el reggaetón pueden servirnos de medios de entretenimiento. El problema viene cuando los “consumimos”, nos los tragamos sin digerirlos ni analizarlos. Es entonces cuando se convierten en una droga que nos da placer, nos mantiene inconscientes hasta que mata nuestra moral.

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