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Durante su desempeño como alcalde de Bogotá, Colombia, el centroizquerdista Antanas Mockus mencionó alguna vez que las aceras son “lugares sagrados”. A simple vista, como generalmente asumimos las palabras, es una afirmación sin sentido. No obstante, a mi entender este catedrático de filosofía y matemática que fue electo para el ejecutivo bogotano en dos períodos no continuos, tenía razón.

Dicen que una sociedad se puede juzgar por la forma como trata a los animales, otros por el trato a las minorías, yo en cambio digo que por el estado en que se encuentran sus aceras.

Para poder captar la sacralidad de los espacios públicos es necesario tener clara su finalidad: trasladarnos de un lugar a otro, pero detrás de ello sucede toda una serie de fenómenos de los cuales no nos percatamos: es en la calle, en la acera, donde entramos en contacto con el mundo exterior, con los otros que son como nosotros pero pueden interpretar la realidad de un modo distinto. Es en la acera donde percibimos la práctica de todas las ideas políticas, el pulso de la economía, la cultura, las creencias. Es el espacio propio para ser ciudadano, para el intercambio de ideas, para chiste, para el chisme. Dentro de la casa uno es padre, hijo, hermano; en la oficina se es jefe o empleado; en el templo se es cura o pastor o pueblo de Dios; en la cancha jugador, árbitro, entrenador o público. En la calle se es ciudadano: miembro de una comunidad.

Precisamente como no somos educados para esto es que muchos abren la bocota para decir que la calle no es de nadie y así justificar que puede hacer “lo que le da la gana”. Craso error. La calle es de todos, no solo de uno sino de los otros que tienen los mismos derechos y deberes. En los espacios públicos debe imperar el interés colectivo sobre el individual, por eso se llama público, lo contrario a lo privado.

Hoy las aceras y espacios públicos en general están secuestrados por individuos con interesas particulares que no reflexionan más allá de su propia necesidad y a los que no les importa los derechos de los demás. Quizás a alguno le resulte estúpido reflexionar sobre esto, la verdad no me importa. Para mi, y ojalá también para usted, caminar por las calles del eje occidental resulta una experiencia desagradable en la que uno no puede dejar de sentirse vulnerado, cuando no atropellado.

La acera, el lugar ideal para ser ciudadano, está llena de huecos, de desniveles y sobre todo en lugares de gran tráfico de peatones está tomada por montañas de escombros, avisos publicitarios, vendedores informales, mercancía de vendedores formales, trailers de comida rápida, motos y autos mal estacionados, y en algunas ocasiones ni hay aceras.

Si bien no hay fuentes de empleo suficientes, esto no justifica que personas atraviesen sus peroles en la calle o en la acera para venderlos. No exagero: vayan a la esquina de la licorería Los Dos Amigos en Bejuma o a la acera lateral del liceo “José Andrés Castillo” y podrán ver en la práctica lo que aquí trato de explicar: los ciudadanos de a pie tenemos que bajarnos de la acera y caminar por la calle con el peligro que ello representa, simplemente porque a algunos les dio la gana de secuestrar las aceras. Los lugares públicos han sido profanados, no hay donde ser ciudadano.

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