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Planteada y comprobada la incapacidad de muchos venezolanos para convertir las palabras y pensamientos en actitudes concretas, sobretodo en lo que a tolerancia y “otros valores” se refiere, tema sobre el cual especulamos la semana pasada, es pertinente que pasemos la página y consideremos sin tapujos la ambivalencia que caracteriza nuestra sociedad, tema que hoy nos ocupará.

Consideraremos aquí la ambivalencia como la existencia de actitudes opuestas ante circunstancias similares. Por ejemplo una persona “amorosa” que odia a los animales.

Esa maña que tiene la gente de decir lo que los demás quieren escuchar, aún cuando sea una monstruosa contradicción de la realidad, es uno de los síntomas de esta sociedad enferma. Hablar sin convicción, repitiendo un discurso ajeno lleva a la ambivalencia.

Los radicalistas creen que expresarse de forma incontinente es sinónimo de convicción ideológica, sin darse cuenta que es un triste espectáculo en el que la militancia se convierte en “jaladera”.

Cualquiera, aunque no sea filósofo o no tenga mucho tiempo para reflexionar, puede darse cuenta de que expresiones como “rodilla en tierra” son contrarias a la libertad, sobretodo cuando se vive en una sociedad oprimida por los problemas irresueltos. Creer lo primero y negar lo segundo es una ambivalencia.

Tampoco me vengan a hablar de libertad quienes desde la comodidad de sus propiedades y carros de lujo critican al gobierno sin aportar una pizca de crítica seria y participación ciudadana o política. A muchos en la oposición les encanta ver los toros desde lejos y apenas entre dientes argumentan estupideces como que “no me gusta Chávez”, o “Chávez es un dictador”, y todas esas frases que solo reflejan pobreza mental. Esta es otra ambivalencia.

Es aberrante ser socialista a ultranza y no reconocer que vivimos y disfrutamos las bondades de una sociedad capitalista, como los adelantos tecnológicos, y no me vengan con que estos son de la humanidad, porque su desarrollo y propagación se deben a la inversión de capitalistas que simplemente hicieron un negocio para enriquecerse.

También es abominable que muchos cabezahuecas y malandros de cuello blanco hagan oposición “por hacerla”, o porque “el Presidente es un marginal”. Critican la Ley del trabajo pero le niegan beneficios a sus empleados, aspiran un Estado que no intervenga en sus negocios y a los pobres nos miran por encima del hombro.

La ambivalencia y la intolerancia son propias del que no tiene convicciones. Por encima de la postura política está el gentilicio venezolano y el interés social debe prevalecer sobre el grupal o partidista. Si no estamos de acuerdo con “el otro” debemos tener claras las razones, pues de lo contrario hacemos el papel de marionetas de la estupidez. Sobretodo ejerzamos la principal libertad: la de comparar lo que creemos con la realidad para no ser simples charleros repitiendo un discurso dictado desde La Hojilla o Globovisisión.

Si hoy tengo una postura política adversa a la oficial, lo hago por mis ideas y convicciones, pero no tengo problema en reconocer la verdad venga de donde venga. Si mañana quienes hoy considero las personas idóneas para gobernar resultan en otros 14 años más de habladera sin resultados, también serán objeto de mis invectivas. No le jalo bola a nadie.

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