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Cortesía de: Farándula Hot.

Carlos Sánchez

El pasado lunes Conatel envió al canal de televisión Televen un exhorto para cambiar de horario el
programa “¿Hay Corazón?” de las 7:00 pm en que se estaba transmitiendo, a las 11 de la noche. Ante esta
condición la planta televisiva decidió sacarlo del aire pues no le conviene el horario.

El formato de este programa de citas consistía en que un grupo de hombres y mujeres intercambiaban
impresiones los unos sobre los otros, cada persona identificada con un signo zodiacal, y debían proyectar sus
habilidades seductoras hacia una potencial pareja.

Caterina Valentino, la conductora del programa manifestó su pesar y entre otras cosas argumentó que su programa no mostraba “lo que un niño puede ver a la una de la tarde en una novela”, asegurando que hay novelas que tienen más carga sexual que el espacio en el que unía parejas. “¿Hay corazón? no promueve la prostitución ni la violencia ni el odio. Ni a Televen ni a mí nos interesa ¿Hay Corazón? a las 11:00 de la noche. La familia se reunía para verlo y divertirse. Yo creo que hoy cualquier niño o adolescente se mete en Internet y tiene acceso a mucha más información sexual de la que tenía en mi programa.

Podríamos escribir un tratado para dejar en evidencia las falacias que esta señorita, muy bella y
talentosa por cierto, utiliza para defender su programa, pero me detendré por razones de espacio a unas breves
consideraciones.

La comunicación es sobretodo social. Todo medio tiene una responsabilidad ante la sociedad. Como
creadores y transmisores de contenidos tienen un papel fundamental en la configuración de la conducta de los consumidores (término discutible) y por tanto repercusión en la cultura (forma de pensar, sentir y obrar de la gente).

Lo de su interés y el de su patrono es evidente, no es la responsabilidad social sino el horario más
provechoso para la publicidad. Por eso lo clausuran y no lo cambian de horario.

Si el programa no promueve la prostitución, la violencia y el odio, al menos sí la discriminación por
el aspecto físico y en ocasiones hasta puede resultar ofensivo porque reduce la feminidad y la masculinidad a aspectos meramente sexuales. Además, al tener que flirtear con varias personas es evidente la apología de la promiscuidad.

Quizás suene a sermón de cura, pero lo que está en juego con este tipo de programas, junto a las
telenovelas y “series juveniles”, es la posibilidad de construir una sociedad humanista donde se valore al individuo por su dignidad intrínseca y no por su capacidad sexual.

No niego que este tipo de programas puede ser entretenimiento legítimo para adultos, pero somos
precisamente los mayores quienes debemos velar por la formación sociocultural de los niños y adolescentes, empezando por nuestros hijos, quienes hoy están bombardeados por “indefensos” juegos de vídeos, páginas web, canciones y programas de televisión. Si es discutible que los adultos tenemos la capacidad de discernir lo que debemos ver, con mayor razón debemos cuidar, y es un deber del Estado, por lo que ven nuestros hijos.

“¿Que la gente baila reggaetón? Bueno, mira, esa es la moda”. Dijo Valentino. Hay muchos
antivalores de moda, no por eso debemos permitir que se instalen impunemente en nuestra cultura.
“Prefiero ver varios medios (de comunicación) malos que no ver ninguno”, aseveró la bella
presentadora. Yo prefiero leer un libro o escuchar buena música que ver la porquería que los canales de televisión nos dan como si fuese lomito.

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