Home

Escribo estas breves líneas para aportar más ideas en torno a un tema muy importante que fue propuesto por el profesor José Gregorio Rodríguez en su columna “Jarabe de Letras” del miércoles en este mismo medio, la cual recomiendo leer cada semana sin desperdicio.

Ciertamente la polarización ideológica en nuestro país requiere de un debate fructífero con miras a erradicar la intransigencia y construir una sociedad más democrática y plural. No obstante, considero que tal cometido no se logrará mientras no se plantee el tema de la tolerancia en su justa dimensión. El problema es que se la considera un “valor”, es decir, tienen una connotación moral, lo que necesariamente revela su carácter afectivo e irracional.

Contrario a lo que la mayoría de nosotros pensamos, el deber ser, la ética o la moral y los valores no dependen de la razón, no se calculan ni se deducen, sino que brotan de la ambigua capacidad humana tanto de hacer el bien como el mal: la voluntad. Es decir, uno es bueno o malo no porque tiene que serlo sino porque existe una serie de motivaciones, sobretodo de tipo afectivo, para conducirse de tal o cual modo. Por eso han existido mafiosos responsables de múltiples crímenes que han sido excelentes padres de familia, madres que roban para dar de comer a sus hijos, políticos corruptos que son fieles a sus esposas, etc. Somos capaces tanto de lo mejor como de lo peor, y decidimos ser tolerantes solo cuando nos da la gana, es decir nunca.

La democracia moderna nació justamente del concepto de tolerancia desarrollado por los enciclopedistas y teóricos del liberalismo inglés, sobretodo de Voltaire, quien dedicó un tratado al tema. Los enemigos de los sistemas monárquicos y del absolutismo se dieron cuenta de que era necesario “tolerar” a distintos grupos religiosos (protestantes, católicos, calvinistas, etc.) para poder llegar al poder. Pero su concepto de tolerancia era muy distinto al que se maneja hoy. Se refería sobretodo al reconocimiento de los derechos de esos grupos y su incorporación proporcional en el poder.

La tolerancia va más allá de escuchar al que piensa distinto. Es necesario incorporar al debate el reconocimiento de las verdades que expone el interlocutor y dejar un margen abierto para modificar el pensamiento propio desde la posibilidad de que estemos equivocados y nos lo hagan saber. No es un simple “permitir que el otro se exprese” sino una escucha activa y sobretodo un cambio de conducta a partir de la verdad que “el otro” me está diciendo.

La tolerancia debe trascender su carácter utopista y “mojigato” para convertirse en una norma social, lo cual solo se logrará si, además de formar parte del sistema legal, se sanciona al intolerante (valga la paradoja).

Si una parte importante de la población “se rasga las vestiduras” por temas cotidianos como la inseguridad, la ineficiencia del sistema público de salud o el estado deplorable de la educación (hoy pocos son más cotidianos que estos), un gobierno (o sus partidarios) tolerante debería, antes de responder o endosar responsabilidades, asumir su error y diseñar políticas públicas que integren a todos, y no a un grupo particular con interesas particulares, en su elaboración. Esta sería una forma no solo de “tolerar” la crítica sino de reconocer el derecho que tienen los que piensan distinto (que no son una minoría, por cierto).

No se puede pedir tolerancia y pasividad si no se reconoce al otro como igual a uno, si no se aceptan los errores propios ni se advierte que el otro puede tener razón.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s