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Carlos Sánchez

El éxito anda en boca de todo el mundo. La pseudo literatura actual dedica toneladas de papel a la

Imagen venta de fórmulas para ser exitosos, recetas para triunfar. Títulos como “Los siete hábitos de las personas altamente eficaces”, “Quién se ha llevado mi queso” y un sinfín de eufemismos para hacerle creer a los incautos pocos lectores que lograrán ser millonarios (exitosos) si siguen sus consejos.

Hace unos días el escritor Mario Vargas Llosa hablaba en una entrevista sobre varios temas de la cultura actual entre los cuales llamaron mi atención por su estrecha relación: el consumo de literatura “basura” (calificativo mío) y un replanteamiento del fundamento de la doctrina liberal.

Aún cuando no profundizó en ellos, sí advirtió ciertas premisas que pueden generar un fructífero debate. El liberalismo defiende la primacía del individuo sobre la sociedad y la posibilidad de que desarrolle sus capacidades individuales (sobretodo intelectuales y económicas) sin otro límite que el de su consciencia siempre que no dañe a los demás individuos. El fracaso de la sociedad liberal estriba no en la maldad de su contenido sino en su incongruencia respecto a la práctica, algo parecido a lo que también ha sucedido con el socialismo.

Su fracaso de debe sobretodo a que desarrollarse como individuo sin otro límite que la propia consciencia requiere primero una educación de esa consciencia. Este es el talón de Aquiles que el liberalismo heredó del humanismo, la ciega creencia en la bondad humana.

Aquí es cuando entra el juego el papel de la literatura basura en la configuración de lo que denomino la “sociedad del fracaso”, como la venezolana, que ha sido una de sus más fervientes alumnas.

Así como fracasaron las repúblicas liberales, desde la Primera hasta la Cuarta, la Quinta, socialista, no escapará de ese destino entre otras razones porque no ha logrado elevar el espíritu del ciudadano común hacia formas más humanas a través de la lectura edificante, la música, el arte, la educación y los medios de comunicación. La cultura del fracaso es esa en la que se isa la bandera del humanismo y el conocimiento mientras en cualquier rincón del país las personas no reflexionan sobre su entorno sino que todo lo resuelven a los plomazos, imponen sus individualidades de la manera más salvaje posible.

También es aquella en donde las librerías venden porquerías que hablan de éxito en un país cuyo nivel educativo es de los peores.

En la sociedad del fracaso los muros de Facebook están llenos de mensajes positivos y las calles, las oficinas, los comercios, las instituciones públicas y las empresas privadas están penetrados por las tinieblas de la corrupción, la mala intención, el egoísmo y los vicios.

¿No es un fracaso del sistema educativo “bolivariano” que la mayoría de los delincuentes actuales se hayan formado en él? ¿No es un fracaso para las madres y los padres que los malandros de su comunidad, que no son pocos, sean sus propios hijos? ¿No es un fracaso para los medios de comunicación ser cada vez menos sociales y más destructivos? ¿No ha fracasado como ser humano el patrono que no hace esfuerzos reales por mejorar las condiciones de sus empleados, lo mismo que el trabajador que de las ocho horas de trabajo solo trabaja cuatro y la otra mitad se pone a “pajarear”? ¿No ha fracasado un gobierno que se autodefine como humanista y no ha podido inyectar una pizca de ello a la sociedad?

Las respuesta las tiene usted.

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