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Prof. Carlos SánchezImagen

Aunque los temas internacionales no son la especialidad de este espacio, un hecho que sucedió esta semana en nuestro continente me ha inquietado de manera tal que he querido compartir algunas reflexiones sobre lo que podemos denominar el “Virus de Luis XIV”.

Este es uno de los más destacados reyes de la historia francesa que consiguió en el siglo XVII crear un régimen absolutista y centralizado, prototipo de los regímenes absolutistas y fascistas en Europa. Se le atribuye la frase “L’État, c’est moi” (“El Estado soy yo”) que resume el concepto que tenía sobre sus funciones reales. Su obstinación y afán de poder eran tales que subyugó bajo su cetro todos los ámbitos de la vida social de gran parte de Europa bajo sus políticas: el Estado, la economía, la cultura y la religión. Este señor, denominado “vicediós” (segundo después de Dios) por un obispo de la época, se erigió como indispensable para la vida pública y privada de sus súbditos.

Su actitud omnipotente es la base del virus que hoy aqueja a la salud de la democracia en Latinoamérica: el personalismo, cuya expresión práctica es el centralismo democrático.

Esta semana vimos una diatriba en Paraguay en torno al juicio político que se le pretende seguir al presidente Fernando Lugo por “mal ejercicio de sus funciones”, entre otros argumentos, posibilidad ofrecida por la Constitución del país guaraní.

Indistintamente de la legalidad y la legitimidad (son cosas distintas) de las acciones que han emprendido los legisladores contra Lugo, en cuyo primer caso parecen ser legales aunque pudieran no ser moralmente aceptables por tratarse de una estrategia opositora (son acciones ilegítimas), un hecho llamó poderosamente mi atención: El Presidente y sus aliados, tan pronto escucharon la decisión del Congreso, lo catalogaron de “golpe de Estado”, porque supuestamente los legisladores están desconociendo “la voluntad del pueblo”.

¿Acaso los legisladores no son electos también por la población? Si abrir un procedimiento a un presidente, que en una democracia real no debería ser sino un funcionario más entre muchos, es un golpe de Estado, significa que entonces que el presidente es el Estado, y eso se llama absolutismo, personalismo, o tiranía, como lo llamaban los antiguos.

Con razón el expresidente de Brasil, Fernando Henrique Cardoso,  declaró esta semana en el Ciclo de Conferencias Magistrales de la Universidad Católica de Argentina, que en Latinoamérica “No tenemos una noción seria de lo que es la democracia. “El punto fundamental en la democracia es la igualdad ante la ley”.

A la gran mayoría de los presidentes de Nuestra América, siendo progresistas, socialistas o de izquierda, les ha picado el bicho que contagia el “Virus de Luis XIV”, y aunque vociferen conceptos como poder popular, democracia participativa y tantas otras utopías, siempre se les nota el bojote cuando de comparecer ante el escrutinio de la opinión pública y de los demás poderes estatales, tan legales y legítimos como ellos, se trata. Siempre alegan que son ellos, cuales reyes, los representantes del pueblo. Quizás una lecturita de las “20 Tesis de Política” de Enrique Dussel les haga entender (o dejen de hacerse los bolsas) que el poder constituyente (del pueblo) se institucionaliza (se delega) en las asambleas (congresos y senados). La función de un presidente es “ejecutar” con obediencia lo que manda el pueblo a través de los legisladores que lo representan. Si estos lo hacen mal, es asunto del pueblo, no del ejecutivo. 

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