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ImagenProf. Carlos Sánchez 

En el artículo “El mismo perro pero peina’o”, que publicamos aquí hace unos meses, escudriñábamos algunos conceptos en los que se sustenta la democracia participativa, protagónica y directa, de la cual el poder comunal es la máxima expresión. La lectura de Norberto Bobbio, uno de los principales teóricos del Estado y la política, nos permitió entonces descubrir las insuficiencias del tránsito de la democracia representativa hacia una participativa y protagónica en nuestro país.

También hemos aseverado que la llamada “explosión del poder popular” ha sido para la Revolución más un proceso simbólico que una realidad concreta, pues por una parte existe la organización formal del Poder Popular a través de los consejos comunales, pero por otra hay una fuerte dependencia de estos hacia el gobierno central que deviene en la superposición de los intereses del partido de gobierno respecto a las necesidades más concretas, y por ende genuinas, de las comunidades.

En Venezuela, la implementación de instituciones que simulan avances hacia la democracia directa contrasta con la experiencia de Presupuesto Participativo que desde hace casi dos décadas se ha aplicado en la municipalidad de Porto Alegre, Brasil, sin necesidad de que la comunidad dependa de una afiliación política ni la fidelidad hacia ningún líder. Es simplemente la democracia del pueblo y para el pueblo.

El principal obstáculo que enfrenta la implementación de la democracia directa en nuestro país es la coexistencia del Poder Popular con el centralismo democrático, tan representativo como las repúblicas anteriores a la V. El Estado nacional sigue siendo ese Leviatán de Hobbes devorador de comunidades por el bien del país (y de la Revolución).

En porto Alegre, la gestión municipal es compartida entre gobierno y sociedad. El estudio de “La experiencia de Democracia Participativa en Porto Alegre” realizado por la periodista Andrea de Freitas, y disponible en la página web que está arriba, describe que el Presupuesto Participativo (PP) no es otra cosa que un modelo de gestión de los recursos públicos y de las necesidades de la sociedad civil en el que se privilegia la participación ciudadana.

El PP no es ningún animal raro, es una simple “combinación de reglas del sistema representativo con reglas de la democracia directa” (donde el pueblo propone, elige y revoca), pero lo más resaltante es que las comunidades que conforman el municipio pueden elegir las prioridades para la  inversión de los fondos públicos.

Se trata, en pocas palabras, de que sean las comunidades quienes a través del voto directo o de la elección de delegados expongan sus necesidades y decidan, de acuerdo a las prioridades y recursos disponibles, en qué se va a gastar su dinero, entre otras cosas.

En una próxima entrega, a la luz de la experiencia de Porto Alegre, seguiremos analizando algunos detalles que pudieran revelarnos por qué la mayoría de los gobernantes de nuestro país, en todos los niveles y tendencias políticas, se resisten a gobernar obedeciendo al pueblo. 

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