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Prof. Carlos Sánchez

Un estudio que mide el grado de felicidad en los países del mundo salió a la luz pública esta semana y coloca a Venezuela en el séptimo lugar de la lista.

La edición 2012 del “Índice del Planeta Feliz” (HPI, por sus siglas en inglés), revela que solo Dinamarca, Canadá, Noruega, Suiza, Holanda y Suecia nos superan.

A primera vista pudiera interpretarse que Venezuela es entonces un país de primer mundo. Pero sabemos que no lo es. Entonces ¿en realidad somos felices?, ¿cómo se mide esto?, ¿cuáles factores inciden para que una persona, y una sociedad en general, se consideren felices?

Para elaborar la estadística, el HPI no solo considera factores objetivos medibles, como el ingreso económico per cápita o la expectativa de vida, sino que también incorpora el elemento subjetivo emocional: si la gente siente que es feliz o no.

Debemos precisar que, en nuestra opinión, la felicidad como experiencia subjetiva depende de la expectativa personal, determinada en gran medida por las necesidades personales. Esto nadie lo toma en cuenta a la hora de decantarse por una un otra opción política, pero si es muy bien aprovechado por los gobernantes provenientes de cualquiera de los dos planetas (el chavista o el de oposición), quienes se dedican a lo accesorio y no a solucionar problemas desde la raíz.

A los gobernantes no les interesa cambiar radicalmente las estructuras sociales del país, ni siquiera acabar con la pobreza es viable (ni siquiera para la Revolución), pues basta con hacer feliz a la gente. ¿Cómo? Cumpliendo apenas con sus expectativas más básicas y personales. La realidad es que hoy los pobres seguimos siéndolo, pero con algunas pseudocomodidades que antes no teníamos: el Mercal, el Vergatario, la casa “medio equipada”, un CDI sin UCI, y misiones que cuyo nivel académico no cumple las exigencias del mercado laboral (que existe nos guste o no).

Una verdadera revolución social no es la que cubre las necesidades más básicas de un pueblo, sino aquella que además de sacar al ciudadano de la miseria, establece mecanismo institucionales que le permitan procurarse seguridad en todos los aspectos de modo que no dependa de los vaivenes de la historia ni mucho menos de los intereses individuales que prevalecieron en el pasado. Por ejemplo: en lugar de esperar unas elecciones para que un gobernante “benevolente” mire para abajo y empiece a hacer viviendas, en los últimos 14 años de debió fomentar la inversión para generar empleo, educar a todos y con calidad: con ambas, generar oportunidades de empleo para jóvenes técnicos, profesionales y obreros. Una oferta de trabajo mayor a la cantidad de trabajadores incrementan los sueldos, con los cuales seguro el pueblo no dependería de una misión para tener un techo digno.

Pero nada de esto es tangible para la mayoría, porque la felicidad en nuestro país está asociada a la inmediatez, es una felicidad muy básica, de muy poca expectativa. Esto lo resume la expresión popular: “Barriga llena, corazón contento”. Nos sentimos felices sin vivir felices.

Entonces somos felices no porque vivimos una realidad social que nos hace felices, sino porque podemos comer arepa y pasta “parejo”, ver televisión en pantalla plana y en algunos casos cambiar el rancho por una “caja de fósforos” que funciona como casa.

No por nada el Libertador en su máxima agregó la seguridad y la estabilidad: “El sistema de gobierno más perfecto es aquel que produce mayor suma de felicidad posible, mayor suma de seguridad posible y mayor suma de estabilidad política.”

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