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Prof. Carlos SánchezImagen

Si bien en los últimos años se habla del fracaso de la filosofía griega y la razón como fundamentos de la cultura occidental porque se les atribuye haber configurado un sistema social desigual, despiadado con el prójimo y con la naturaleza, en mi humilde opinión, por el contrario, es precisamente el alejarnos cada vez más de la racionalidad lo que nos ha llevado a esas tragedias.

Sin desdeño de la irracionalidad, que comprende esa dimensión inconsciente, afectiva, pasional, planteada ya por Aristóteles (s. IV a.C.) que la reconocía como parte del pensamiento humano (animal racional) es el exceso de ella y la falta de racionalidad, con la cual se nace pero hay que educar, lo que ha llevado a la humanidad de precipitarse en el empeño de encontrarle sentido a la existencia negándose a sí misma.

El desconcierto que las personas, sobretodo las más jóvenes, viven en el ámbito afectivo, familiar, profesional, social, sexual y conductual en general, no es más que una consecuencia de la falta de educación del pensamiento y la consecuente incapacidad para usar la lógica (que es un instrumento del pensamiento). Sí, la gente hoy no piensa, no razona, no compara, no analiza, ni saca conclusiones, simplemente vive al modo de los animales: nace, se alimenta, defeca, crece, se aparea miles de veces, sigue un líder y muere. Toda su actividad cotidiana gira en torno a esa predeterminación, no es libre, no elige sino que actúa por el instinto de ser más rico, de comer más, de aparearse más, de dormir más, de sentir cada vez más placer.

Toda esta no-epistemología, esta deshominización (pues la humanidad se encuentra en pleno proceso de animalización, es cada vez más animal y menos humano) no puede menos que determinar el campo material, económico y político, de la sociedad. Por eso sucumbimos tan fácilmente ante la publicidad, el discurso embrujante que solo dice lo obvio y no invita a la reflexión, a la crítica, sino a la fidelidad y a la lealtad. Hoy la política no es una acción humana sino la droga de millones de individuos que son sacrificados para aumentar la masa, el pueblo, el ejército, la prole.
Si como recomienda Descartes, “no admitiéramos jamás cosa alguna como verdadera sin haber conocido con evidencia que así es” y “condujéramos con orden nuestros pensamientos, empezando por los objetos más simples y más fáciles de conocer, para ascender poco a poco, gradualmente, hasta el conocimiento de los más compuestos (las ideas)” no nos apresurásemos para aplaudir como focas a esos políticos que no por tomar café y decir “pa’” en lugar de “para” son inmaculados. Es sorprendente cómo hoy día los discursos más burdos son elogiados como brillantes aún cuando quienes los pronuncian hacen todo lo contrario, pero la irracionalidad con que las masas los asumen les impide darse cuenta de la falsedad.

La única lógica aplicable hoy en Venezuela es que solo los líderes del pasado son culpables de todas las marramucias que se cometen en el presente, y si surgen caras nuevas, por jóvenes que sean, también representan el pasado, y es casi una herejía pensar que los poderosos de hoy puedan ser iguales o peores que aquellos, aunque hagan exactamente lo mismo: mentir, parecer buenos, ser populistas y en definitiva iguales son unos traidores de la confianza de su pueblo.

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