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Friedrich Nietzsche

Prof. Carlos Sánchez

Hace unas semanas publiqué en mi muro de Facebook una frase lapidaria original del filósofo alemán Hegel pero que se ha hecho famosa por el sentido que le dio otro germano, Friedrich Nietzsche: “Dios ha muerto”.

Mucho se ha discutido sobre si el pionero de la posmodernidad planteó la muerte de Dios desde una perspectiva atea (religiosa) o epistemológica (posmoderna). Hoy es muy aceptada la segunda de esas dos tesis. El nihilismo de Nietzsche más que una negación de la existencia de  Dios es una crítica a la cultura occidental moderna determinada por los valores religiosos (la Iglesia) y la fe (teocentrismo). Creo que si Nietzsche hubiese sido ateo, habría resultado más lógico que negase la existencia de Dios (y la imposibilidad de que exista) en lugar de una muerte que suponga su pre existencia. Quizás lo que quiso plantear fue la necesidad de que la cultura se base más en valores humanos y no en valores que a lo largo de la historia han negado la importancia del hombre en la creación y ha sometido la sociedad en general a una institución como la Iglesia.

Como sea, al haber yo anunciado como Nietzsche la muerte de Dios, fui objeto de muy desagradables insultos que al final no hicieron sino corroborar lo que había planteado.

Los “defensores de Dios” me escribieron insultos como “hablas mierdas estúpidas”, “tienes una perra e ignorante vida”, “hipócrita” (¿?), “haces alarde de tu estupidez”, los cuales no pude menos que asumir como sus carentes argumentos sobre la existencia divina.

Como sea, la existencia de Dios es un tema de fe (subjetivo) y no de ciencia (objetivo), aunque esta necesariamente debe encarar su posibilidad cuando se aproxima a las teorías (no verdades) sobre el origen del universo. La experiencia religiosa es íntima y no produce un conocimiento absoluto por cuanto no es sensible, sino más bien afectiva.

Ofrecer argumentos lógicos y sensibles (evidencia) a favor Dios es imposible, pues cada quien piensa y siente la religión de un modo distinto. Por eso hay disensiones normales dentro de las instituciones religiosas.

Creo, no obstante, que cualquiera que sea la fe de cada quien, esta debería ser consecuente con los actos, pues de lo contrario el creyente se convierte en una antítesis viviente de lo que cree.

Defender a Dios, pero insultar al que plantea una idea distinta es una prueba (y muy fehaciente) de que al menos en el corazón de esa persona no está presente el que fue ultrajado por los romanos y murió en la cruz por los pecados de la humanidad: Jesús. Defender que Dios vive pero ser incapaz de perdonar una sola vez (aunque el Mesías haya prescrito 70 veces siete) es matar a Dios, negar su existencia. Decir que “Dios es lo máximo” y al mismo tiempo vivir por el dinero a costa de quien sea es un verdadero parricidio de ese Dios que descubrió Santa Teresa en la oración: “Quien a Dios tiene nada le falta, solo Dios basta”.

Dios ha muerto, y somos nosotros sus asesinos.

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