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Prof. Carlos Sánchez

Mucho se ha discutido sobre el rol de la educación como instrumento de una cultura para modelar el pensamiento y la conducta de los individuos en las sociedades moderna y posmoderna.
El liberalismo configuró la educación como un mecanismo para mantener los privilegios de la burguesía (clase dominante) sobre la clase obrera, de manera que siempre los políticos, militares y latifundistas tuvieron acceso hasta el nivel superior de la educación gracias a sus fortunas particulares forjadas con el trabajo de esclavos (luego peones y obreros).
Tanto en la sociedad colonial como durante las primeras repúblicas (cuyos vestigios permanecen en uno que otro fascista que se cree “amo del valle”), la gente de color (indios, mestizos, pardos, y demás castas miscegenadas) vivían en el más profundo analfabetismo, y su educación apenas se limitaba al aprendizaje del castellano y la doctrina católica. Para que uno de estos “pata en el suelo” pudiese asistir a una academia o universidad debía obtener permiso directo del Rey, lo cual era casi imposible.

De este modo en Venezuela la educación empezó a ser por muchos años un privilegio (en la primera acepción de la palabra) oligárquico que no debía estar a disposición del vulgo. La raza, la fortuna y las influencias fueron a menudo las credenciales de los nobles.

Resulta contradictorio que en plena Revolución Bolivariana algún pseudolider de ese movimiento ose cuestionar el desempeño académico de quienes, como la gran mayoría de venezolanos que no ertenecen a la oligarquía, han estado signados por el sacrificio (entendido en la séptima acepción de la RAE para este término).

Seguramente si la mayoría de nosotros, estimados lectores, hubiésemos gozado de las bondades de una herencia colonial obtenida a base de peonaje y pago a jornaleros con fichas, ni usted ni yo habríamos tenido que trabajar y estudiar al mismo tiempo, “taxiar” las noches y fines de semana, atender un centro comercial hasta tarde y después de todo eso “fajarse” a estudiar hasta la madrugada para presentar un examen al día siguiente, con mucho sueño, cansancio y no pocas veces con el estómago vacío. Esto no es una apelación a la lástima, es una historia cotidiana que muchos hemos vivido.

Hoy, el modelo educativo venezolano pretende erigirse como defensor del humanismo. Cada vez se enfatizan más las actitudes que las aptitudes, en lo cual hay mucho de noble y justo pues quienes hemos ejercido la docencia no pocas veces nos hemos encontrado con estudiantes muy críticos pero poco dados a la erudición, así como otros que llegan a superarnos en el dominio de algún tópico. Al final, la idea es que el “a-lumno” llegue a la luz, y hasta nos supere.

Sin embargo, en las calificaciones que hace un docente subyace una carga de objetividad (que en realidad es afectividad subjetiva pura) que no siempre refleja la realidad más allá de las metas que el
alumno debió alcanzar. Una vez obtuve un “14” en una materia de pregrado. En otra ocasión me vi obligado a congelar el semestre por “falta de fuerza” (no tenía dinero), como dicen los muchachos, para
costear mis estudios. También tuve que repetir Filosofía de Género porque no pude comprar la bibliografía completa para estudiar.

Por ello nunca seré considerado brillante, tampoco yo creo que lo sea. De hecho creo que el sistema fue muy benevolente conmigo al licenciarme en Filosofía, pues algunos temas de esta vasta carrera no he logrado dominar aún, por eso considero mi profesión más un don, un regalo muy valioso de la vida, que un trofeo.

No obstante me confortan las palabras del filósofo Octaví Fullat y Genís que han inspirado la primera clase de cada curso de Filosofía de la Educación que he facilitado: “Como ocupación mayúscula, la faena filosófica no se propone tanto saber cosas o saber decidir, cuanto someter a inquisición todo aquello que imaginamos saber o poder”. En esto sí me despojo de la modestia y reclamo que los que con dificultad pretenden difamarme no entienden ni “coquito” de esto, pues están acostumbrados más a hacer cálculos que a pensar.

Con mi “14” como credencial, me aceptaron para dar clases en la Unesr. Fue suficiente para no necesitar de algún familiar que me “hiciera la segunda”, como el que ostentando ser revolucionario se benefició de la influencia de un familiar dirigente de Acción Democrática como carta de presentación para entrar a la institución. Peor que un “14” en un curso de pregrado, es un “01” en una gestión pública, más aún si quienes evalúan son los propios estudiantes.

Todo esto me hace pensar que el clasismo colonial persiste en la forma como la sociedad actual concibe la educación. Para los ricos es un privilegio, algo de lo que gozan por su condición socioeconómica y que utilizan como medio para mantener su poder. Para los pobres es un sacrificio, que hacemos por  convicción, a costa de carencias y privaciones cuyos resultados suelen ser aplastados por la indolencia de los que nada han padecido. La educación debería ser el empeño del Estado para que todos los ciudadanos, sin distinción alguna, se ejerciten en la democracia, la libertad, la igualdad y el progreso.

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